Rubén Moreira Valdez
Mis primeros años los pasé en el número 645 de la calle de Abasolo. Era la última avenida de la ciudad con buen pavimento y servía para salir rumbo a Guadalajara. En ella estaban el cine Elena, el salón Elvis, la botica Trinidad, el templo del Perpetuo Socorro y Espitia. Cruzar la dichosa calle era un reto fundacional; eras “grande” si tu mamá tenía la confianza de que no terminarías bajo las llantas de un Anáhuac.
Leer el periódico los domingos es una de las mayores satisfacciones de la vida, claro: el ritual debe incluir un desayuno norteño donde abunden las tortillas de harina. Muy cerca de la casa paterna, Espitia vendía desde buena hora los diarios de la mañana, tres en el Saltillo de entonces: Sol del Norte, El Heraldo, de don Paco de la Peña, y El Independiente. Bajo el vidrio del escritorio del abuelo, un recorte de tres niños ganadores en un certamen de oratoria; al centro, con mi trofeo de primer lugar, tengo cara de nerd. Era el 74 o 75.
Mario Vázquez Raña es un personaje fundamental en la industria editorial de los siglos XX y XXI. Hombre de vasta cultura, buenos modales e inmenso amor a México. Lo escuché y leí muchas veces, pero solo pude cruzar la palabra con él en unas cuantas ocasiones. Es el arquitecto de la cadena de comunicación escrita más grande del país; tiene 46 periódicos y es imprescindible para conocer lo que sucede en las 32 entidades. No hay otra empresa tan cerca de la noticia como la que dirigió el descendiente de aquellos gallegos que vinieron a México a luchar y generar progreso.
Hace treinta y tres años llegó a mis manos el primer tomo de una obra que con el tiempo se convirtió en una joya del periodismo. Se trata de Diálogos con la Historia. En ella, Vázquez Raña consigna 400 conversaciones sostenidas con grandes líderes del mundo, la mayoría realizadas en los países donde eran figuras prominentes o jefes de Estado o de Gobierno, y todas con su inteligente manera de cuestionar y sacar del personaje respuestas a preguntas incómodas o palabras que descubren la personalidad de quien se sentaba frente a su grabadora.
Al paso del tiempo me enteré de que aumentaron los tomos de la colección hasta llegar a diez. El empresario y periodista charló, entre otros, con Vladimir Putin, Fidel Castro, Felipe Calderón, Alberto Fujimori, Boris Yeltsin, Kim Il-sung, Joaquín Villalobos, Carlos Saúl Menem, Fidel Castro, Enrique Peña Nieto, Manuel Fraga, Humberto Ortega, Li Peng y Ernesto Zedillo.
Hace unos días me obsequiaron la obra completa, que de inmediato llevé a Saltillo y que pretendo consultar a menudo. Al tomar en mis manos los volúmenes, descubrí el sol azteca que sirve de emblema a la empresa y entonces recordé a Saltillo y los domingos de lectura de Sol del Norte, donde no quedaba ni una página por revisar. En aquellos días de infancia soñé con escribir para estos periódicos; 50 años más tarde puedo decir que este diario es mi casa y que me siento orgulloso de colaborar en él.
En estos momentos convulsos y de amenaza para las instituciones, hay que recordar lo mucho que, en temas como la transición democrática o el recuento del día a día, México le debe a la prensa libre. Entre los pilares de la comunicación se encuentra la Organización Editorial Mexicana, la que, por cierto, tiene una de las hemerotecas más importantes y mejor cuidadas de la nación.
Gracias a los directivos por la colección de libros y gracias por luchar por un país mejor y más culto.


