Sinaloa

Opinión

Rubén Moreira Valdez

Es un gran estado, de eso no hay duda, como tampoco la hay de que algunos de sus gobernadores fueron omisos en la lucha contra el crimen. Su falta de lealtad a la entidad la tiene hoy sumida en la violencia y la ingobernabilidad. Sinaloa es, por culpa de sus autoridades, una entidad fallida.

Las escenas de la comedia que protagonizó el fin de semana Rubén Rocha Moya son una pequeña parte de la tragedia que vive la entidad. La más terrible es la macabra danza de la muerte que todos los días cobra vidas y que, de manera directa, junto con otras conductas, se convierte en la percepción de inseguridad que golpea al comercio y la vida cotidiana de los sinaloenses.

No me imagino, salvo la colusión con el crimen, los motivos de Obrador para viajar a Badiraguato y gritar por todas partes que su política era abrazar a los delincuentes. Esa frase fue un buen pretexto para que algunos subalternos se aliaran con los mañosos, los gobernadores morenistas abdicaran de la obligación de combatir al crimen y los fanáticos del “movimiento” aplaudieran como locos la “brillante” estupidez del hechicero de Macuspana.

¿Ha cambiado la estrategia? En parte sí y en parte no. Desde la Secretaría de Seguridad es evidente el esfuerzo por una postura de no tolerancia frente a los delincuentes y una relación cercana con los norteamericanos. Sin embargo, es claro que los cercanos a Obrador se mantienen en la instrucción dada por el líder moral del movimiento y, en particular, salvo excepciones, los gobernadores de Morena se niegan a combatir a los narcotraficantes. Es evidente que algunos se sienten cómodos conviviendo con las mafias.

Los problemas de Sinaloa se iniciaron mucho tiempo atrás, es cierto, pero el gobierno de Morena los llevó a un punto de difícil retorno. También es verdad que durante décadas la sociedad vivió la paz narca y, en buena medida, la economía regional se benefició de los ingresos que provenían de la siembra y el tráfico de narcóticos. Hay interesantes estudios sobre el tema y libros reveladores, como Amaneció un muerto, de Adèle Blazquez, que apareció bajo el sello de Cal y Arena. No obstante, que no se trate de un problema reciente no justifica la inacción de los gobiernos que promovió Obrador.

El futuro de Sinaloa no es sencillo y la recuperación se antoja difícil. Un gobierno de signo distinto se va a enfrentar, cuando menos, tres circunstancias:

Primera. No hay instituciones en la entidad; lo que existe son, en el mejor de los casos, agencias administrativas y, en el peor, aparatos de operación del crimen. ¿Alguien mete las manos por el alcalde de la capital o los directivos de seguridad? Baste decir que el acompañante de Ismael Zambada en la famosa reunión que le costó la libertad era un comandante de la policía.

La carencia de instituciones se extiende al ámbito de la procuración e impartición de justicia y más allá, por ejemplo, a las dependencias estatales y municipales. La mayoría en el Congreso local no da confianza a sus determinaciones y Morena se contaminó al grado de ser, en esa entidad, una corporación criminal.

Segunda. Al igual que el resto de las entidades, las finanzas de Sinaloa se encuentran menguadas y contar con nuevas policías o mejores prisiones no se ve que pueda suceder. Con las actuales fuerzas de seguridad será imposible enfrentar con éxito a los criminales y conseguir la paz.

Tercera. Recuperar el tejido social parte de reconocer la influencia del crimen en la región y, por lo tanto, solo se tendrá éxito en la medida en que se logre un deslinde de toda actividad económica, social y política con el crimen. Eso incluye temas de carácter cultural. Parece sencillo, pero sectores como los servicios comerciales, hoteleros y de entretenimiento se benefician de ingresos que provienen del crimen.

Sin contrapesos, Morena se sintió impune; sin embargo, hoy es más débil que nunca: no tiene pretexto que lo exima de responsabilidad.