LO QUE NADIE DICE

Opinión

Por Ana Celia Casaopriego

*Cuando la narrativa del «¿Y si sí?» fue más importante que el marcador*

Durante años, hablar de la Selección Mexicana de fútbol era casi hablar de fracaso.
Antes de que empezara cualquier torneo, muchos mexicanos ya tenían lista la frase: “van a perder”, “siempre es lo mismo”.

No era falta de amor por la camiseta. Era cansancio. La afición había aprendido a no emocionarse para así evitar decepción y frustración.

Por eso este Mundial empezó con más dudas que entusiasmo. México jugaba en casa, tenía un técnico con experiencia, pero la relación entre la Selección y la gente venía desgastada.

Y entonces pasó algo.

Sin grandes promesas, sin discursos triunfalistas y sin vendernos la idea de que ahora sí todo sería distinto, el equipo empezó a competir de una manera que volvió a conectar con la gente.

Poco a poco, la burla se convirtió en curiosidad.

La duda, en emoción.

Y el “seguro pierden” empezó a transformarse en una pregunta que lo cambió todo: ¿Y si sí?

Hubo un momento en el que dejó de importar el marcador. Ocurrió cuando millones de mexicanos empezaron a hacerse la misma pregunta.

No era una campaña publicitaria. No era un eslogan oficial de la Selección. Nadie pidió que se repitiera. Simplemente apareció. Y, de pronto, estaba en todas partes.

En conversaciones familiares, grupos de WhatsApp, publicaciones en redes sociales y programas de televisión. Era la forma en que un país expresaba algo que llevaba años sin sentir: esperanza.

La emoción alcanzó su punto más alto antes del partido contra Inglaterra.

Entonces ocurrió algo extraordinario.

Comenzó a circular el famoso «No inglés». Miles de personas bromearon con que nadie debía hablar inglés para no darle ventaja al rival. El humor se volvió parte de la conversación nacional y, como sucede cuando una narrativa logra conectar con las personas, las marcas no tardaron en sumarse. Algunas tradujeron temporalmente sus nombres al español; otras adaptaron sus publicaciones para formar parte del momento.

No lo hicieron porque alguien se los pidiera.

Lo hicieron porque entendieron que había una conversación de la que todos querían ser parte.

Y ahí está la verdadera historia.

No la del fútbol, sino la de la comunicación.

Con frecuencia pensamos que comunicar consiste en diseñar campañas, publicar mensajes o elaborar discursos.

Pero las conversaciones que realmente transforman a una sociedad casi nunca nacen en una sala de juntas.

Nacen cuando las personas hacen suyo un mensaje y comienzan a replicarlo, adaptarlo y enriquecerlo hasta convertirlo en algo propio.

Eso fue lo que ocurrió con la Selección Mexicana.

Durante años, el relato dominante fue el del desencanto. Antes de cada torneo, el país parecía prepararse para la decepción. La conversación giraba alrededor del fracaso antes incluso de que iniciara el partido.

Esta vez ocurrió lo contrario.

No porque se prometiera un campeonato.

Sino porque el comportamiento del equipo fue congruente con su discurso. Hubo trabajo, disciplina, humildad y una forma distinta de competir. La confianza no nació de las palabras. Nació de los hechos.

Y cuando las acciones son consistentes, la comunicación deja de ser un ejercicio de persuasión para convertirse en una experiencia compartida.

Lo que nadie dice es que la mayor victoria de la Selección no fue deportiva. Fue narrativa.

Consiguió algo mucho más difícil que ganar un partido: cambiar la conversación.

La gente dejó de hablar desde el miedo y empezó a hablar desde la posibilidad.

Las marcas dejaron de buscar protagonismo para integrarse a una historia que ya estaba escribiendo la sociedad.

Los memes dejaron de ser burlas para convertirse en símbolos de identidad.

Y el famoso «¿Y si sí?» terminó diciendo mucho más de lo que parecía.

No hablaba únicamente del Mundial.

Hablaba de la necesidad de volver a creer.

Porque una estrategia de comunicación alcanza su máximo nivel de éxito cuando deja de pertenecer a quien la creó y pasa a formar parte de la cultura.

📌 *Lo que sí podemos hacer*
– Es entender que la confianza no se construye con campañas, sino con coherencia.
– Que ninguna narrativa se impone; las mejores son aquellas que las personas deciden hacer suyas.
– Y que el verdadero indicador del éxito de una estrategia no son los millones de impresiones ni las tendencias en redes sociales. Es que la gente empiece a contar la historia como si fuera propia.
Porque las campañas terminan.
Los partidos también.
Pero las conversaciones que logran convertirse en cultura permanecen mucho tiempo después del último silbatazo.
Y esa es, quizás, la victoria más importante que puede alcanzar cualquier estrategia de comunicación