- El antiguo barrio se consolidó como un punto estratégico de intercambio y sus dinámicas económicas aún pueden rastrearse en la actualidad
En la segunda charla del ciclo México-Tenochtitlán: barrios y territorios, realizada en la Casa de la Primera Imprenta de América de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), la doctora Bárbara E. Mundy, historiadora de arte y cartografía del período colonial latinoamericana, analizó el papel de la zona de Moyotlan en el desarrollo urbano y económico, destacando su consolidación como eje mercantil y su permanencia en la ahora Ciudad de México.
Al presentar su investigación, la experta propuso mirar el campanario prehispánico más allá de sus grandes centros ceremoniales, para entender a la localidad desde la escala de sus divisiones.
En ese tenor, explicó que ese punto de intercambio pasó de ser una región lacustre y periférica para ser, a lo largo del siglo XVI, un foco estratégico para la dinámica económica de la colectividad originaria, a partir del establecimiento de un importante tianguis que articuló redes comerciales, rutas de abastecimiento y interacciones sociales que aún pueden rastrearse en la localidad.
Con el análisis de mapas tempranos, vestigios arqueológicos y fuentes auténticas, enfatizó que estos ambientes no solo exhiben formas de configuración, sino también la persistencia de prácticas, identidades y trazos urbanos que desmienten la idea de una ruptura total tras la llamada Conquista.
En este proceso, la especialista dijo que la antigua traza del barrio puede reconocerse en la actual demarcación de San Juan, donde permanece una intensa actividad comercial que remite a su pasado.
Destacó que el mercado tradicional establecido en el siglo XVI, cuyo tamaño, según sus indagaciones, superó lo que hoy es el Zócalo, configuró un nodo comercial fundamental para la población originaria, articulando circuitos de intercambio que conectaban a la ciudad con territorios aledaños.
Esta vocación de tianguis definió la evolución del área y también dejó una huella duradera en la articulación del sitio, visible en su continuidad, calles y caminos que aún estructuran el Centro Histórico.
A su vez, resaltó que una de las principales problemáticas al estudiar la metrópoli radica en las interpretaciones heredadas. “Hay un mito de que la capital mexica fue borrada, pero es una falsa creencia”, aseveró.
Al respecto, señaló que, en las primeras décadas del periodo colonial, los habitantes mantuvieron estructuras propias de organización social, política y cultural, lo que permite replantear la transformación de la urbe mesoamericana y su prolongación contemporánea.
En la sesión, el maestro Alejandro Hernández García, titular del recinto, puntualizó que evidencias como los arcos y cajas de agua ubicados en el área evidencian la vigencia de las conexiones hidráulicas que articularon la urbe mexica y su cambio en la etapa virreinal.
Estos rastros, apuntó, forman parte del patrimonio material y ofrecen claves para comprender la relación entre el espacio, sus habitantes y los procesos que le han dado forma.
Añadió que acercar estos trabajos académicos a la comunidad permite el vínculo de los habitantes con su sector. Además, este tipo de iniciativas impulsa la recuperación de la memoria urbana y fomenta el diálogo entre el conocimiento académico y la cotidianidad en el sector céntrico.
De este modo, la ponencia deja en claro que el legado del entorno sigue en su traza, dinámicas y escenarios, invitando a repensar el pasado no como un vestigio distante, sino como una presencia activa en la vida contemporánea.


