Morazán

Política

Rubén Moreira Valdez

Nació el 3 de octubre de 1792 en Tegucigalpa y lo fusilaron el 15 de septiembre de 1842 en San José, Costa Rica. Murió conduciendo el pelotón que le disparó y, en términos coloquiales, dando muestra de que los tenía «bien grandotes». Con el tiempo, sus restos fueron llevados a San Salvador y ahora, eso se dice, descansan en un mausoleo recién construido por el presidente Bukele, junto al restaurado Palacio Nacional y frente a una singular biblioteca donde ondea, además de la salvadoreña, la bandera de China.

El Salvador, así como Nicaragua, el Sáhara Occidental y Granada, tiene una singular importancia para muchos de mi generación. En los anaqueles hay un montón de libros que recuerdan aquellos días y, en la memoria, permanecen los temas musicales que los acompañaron. El tiempo pasa, no pocos acontecimientos se van quedando atrás y nunca falta quien se inventa una historia y difunde que el presente no contiene al pasado.

El Salvador es un gran país. Roque Dalton, el poeta asesinado, escribió Las historias prohibidas del Pulgarcito, un libro que, con ironía y mordacidad, cuenta la historia de ese pequeño país centroamericano. El sobrenombre de Pulgarcito de América, atribuido a Gabriela Mistral, quedó asociado para siempre a la obra del poeta. Lo visité hace tiempo para cumplir varias promesas, entre ellas la de conocer el lugar donde reposa el santo de los pobres, Óscar Arnulfo Romero. En aquella ocasión estuve en el Hospitalito, lugar de su sacrificio, y también en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, para visitar la tumba de Ignacio Ellacuría y sus compañeros asesinados. Por cierto, el campus es increíble y cuesta mucho aceptar que en ese lugar dedicado al estudio sucediera tan terrible masacre.

La guerra fue tremenda: se calcula que murieron alrededor de 75 mil personas y desaparecieron unas 8 mil. En la memoria quedan masacres como la de El Mozote, con cerca de mil víctimas; la de La Quesera, con más de 500 muertos, o la del río Sumpul, donde el Ejército asesinó a alrededor de 600 personas. Además, hay crímenes tan significativos como incomprensibles, entre ellos el asesinato de cuatro periodistas holandeses en Santa Rita, Chalatenango, en 1982, y el de cuatro religiosas estadounidenses en diciembre de 1980.

Hace unos días caminé por las calles de San Salvador y recorrí carreteras y caminos hasta llegar a varios sitios que me habían faltado en mi visita anterior. En El Paisnal me detuve ante la tumba de Rutilio Grande y sus dos compañeros. Está dentro de la iglesia del pueblo que lo vio nacer y a unos kilómetros del lugar donde fue emboscado. La muerte del jesuita fue determinante para la actitud que posteriormente asumiría monseñor Óscar Arnulfo Romero. Muchos dicen: «Sin Rutilio no hubiera Romero». Frente a su tumba hay varias imágenes del santo, pintadas por manos populares, que dan cuenta de la profunda huella que ambos dejaron.

Después, con algunos acompañantes, nos remontamos a la sierra para encontrar, primero, la comunidad donde vivió Jon Cortina, el jesuita que, de manera admirable, cambió la realidad del pueblo que escogió para vivir el Evangelio. En un pequeño museo se conservan sus objetos personales y una síntesis de su misión. Él no estaba aquel día en la UCA, pero ahora su cuerpo descansa junto al de sus compañeros jesuitas.

Más tarde llegamos a un lugar cercano a El Zapote, donde el comandante Cardenal y su estado mayor fueron emboscados y muertos. Un mural recuerda el acontecimiento y unos maestros nos explicaron los pormenores de aquel suceso: cómo se colocaron las minas, desde dónde salieron los disparos y dónde quedaron los cuerpos. Escuchar aquellos relatos en el mismo lugar donde sucedieron los hechos permite comprender de otra manera la dimensión de aquella guerra.

En el televisor, mientras inspecciono el montón de libros que compré, aparece la reseña de una acción militar que realiza el Ejército de El Salvador en Haití y la visita de la presidenta Fujimori a la ciudad. Entre los hallazgos, comprados en la biblioteca de los chinos, hay una magnífica historia de la Iglesia salvadoreña y un estudio sobre los tlaxcaltecas en el proceso de ocupación española en Centroamérica. El auxilio de nuestros paisanos en la “invasión” quedó unido a un barrio: Mejicanos.

La mañana del domingo hice una rápida excursión al mausoleo de Morazán. Hay que recordar que en 1863 tropas de Guatemala encabezadas por Rafael Carrera tomaron la ciudad y profanaron la antigua tumba del hombre que gobernó Centroamérica y soñó con una nación que uniera a esos pueblos.