La serpiente y el coyote, reflexión sobre la ética en escena

Cultura
  • Reinterpreta una fábula tradicional desde una mirada contemporánea
  • El grupo teatral Orígenes presentó la obra en el Teatro del Fuego Nuevo de la Unidad Iztapalapa

Desde la tradición oral hasta el escenario contemporáneo, las fábulas han sido una manera de entender el mundo. En La serpiente y el coyote, esa herencia se reinterpreta desde una mirada mestiza que cruza lenguajes, épocas y cuestionamientos éticos actuales.

Presentada en el Teatro del Fuego Nuevo de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Iztapalapa, la obra, con dramaturgia adaptada por el productor Mario Iván Martínez y puesta en escena de Miguel Ángel Contreras Hernández, alumno de la licenciatura en Administración de esta casa de estudios, recupera una historia sencilla en apariencia, pero cargada de tensión moral.

El resultado del público, en su mayoría estudiantes, fueron risas, momentos de sorpresa y silencios atentos. La trama dejó de ser una parábola para transformarse en una experiencia cercana, en la que muchos pudieron reconocerse.

El montaje pone en evidencia la relevancia de que los jóvenes universitarios cuenten con espacios para la creación escénica. Más allá de su formación académica, la posibilidad de hacer teatro dentro de la UAM abre un terreno de exploración crítica y expresiva donde convergen distintas disciplinas, miradas y experiencias. Esta libertad no solo permite que estudiantes, incluso de áreas ajenas a las artes, se involucren en procesos creativos, sino que fortalece una comunidad que reflexiona sobre su entorno desde el escenario.

Tlacatl encuentra a una culebra atrapada bajo un tronco. Tras dudar, decide ayudarla. Sin embargo, tras la liberación, el animal anuncia que se lo comerá. El acto de bondad tiene como respuesta una amenaza, y con ello el público se preparó para llegar al corazón de la narración, en donde se reflexiona sobre la posibilidad de que, una acción generosa puede llegar a pagar con maldad.

Antes de cumplir su advertencia, la sierpe accede a someter el caso a juicio. En el camino, un burro y un toro respaldan la amarga sentencia, ambos han sido útiles al ser humano hasta dejar de serlo, solo para ser abandonados después. Sus testimonios inclinan la balanza hacia una visión desencantada de la justicia.

La tensión cambia con la llegada del cánido, quien con astucia logra revertir la situación y salvar al joven. No obstante, la aparente victoria deja una inquietud abierta, incluso cuando el ingenio triunfa, la desconfianza permanece.

Las intervenciones de cada figura no solo construyen la narrativa, generan reacciones inmediatas en el público, la empatía, la incomodidad y la risa acompañan el desarrollo de un relato que transita entre lo lúdico y lo inquietante.

Más que una moraleja, lo que emerge es una duda. “Creo que en la actualidad está en crisis”, afirmó en entrevista Contreras Hernández, sobre la idea de que “un bien se paga con un mal; la sociedad está dividida y hay personas que prefieren beneficiarse a unas primero que a otras”.

La puesta se entrelaza con la cultura mexicana desde varios frentes. Los nombres en náhuatl, las referencias a paisajes históricos y los símbolos costumbristas se combinan con elementos contemporáneos que acercan la producción a nuevas generaciones.

“Quisimos retomarla porque es parte de la ilustración histórica de este país, pero también meter cosas nuevas”, explica el director. “Hacer reír brinda una enseñanza sobre el comportamiento en colectividad”.

El resultado es una leyenda que no se queda en el pasado, sino que se desplaza hacia el presente.

El trabajo actoral sostiene esta lectura. Cada rol transita entre lo animal y lo humano, construyendo figuras reconocibles para el espectador.

“Platiqué mucho con mis actores sobre cómo se moverían cada uno, cómo hablarían y qué tendrían de ser racional y de criatura”, señaló Hernández.

En ese cruce, la víbora deja de ser solo traición. “Ese comportamiento no es solo de ella, radica en todos los personajes y en los seres humanos”.

El lobo de pradera, en cambio, rompe su propio molde; aparece como un personaje más articulado, incluso letrado, que cuestiona lo que el público espera de él y genera un contraste que se percibe tanto en escena como en la reacción de los asistentes.

El grupo Orígenes apuesta por un teatro que no solo entretiene, sino que dialoga con la vida cotidiana de su propia comunidad universitaria.

“Lo importante es cómo nos comunicamos y resolvemos las cosas con ética”, dice el director. “Lo vivimos todos los días: en casa, en la calle, en la escuela”. La pieza se convirtió en un espejo incómodo que interpela al asistente, particularmente a un público joven que se reconoce en las tensiones que se plantean.