- La inauguración del programa FILustra dio pie a una conversación franca sobre la manera en que la imagen alimenta a las palabras en los libros
GUADALAJARA, Jal.- Dentro del universo librero, una de las relaciones más fructíferas y orgánicas es la que ocurre entre dos lenguajes: el escrito y el visual. Por eso, la ilustración tiene un lugar privilegiado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara: FILustra. Este año el tema es “Entornos ilustrados: creación y escena más allá del libro” y en la inauguración Armando Montes de Santiago, coordinador general de Expositores y Profesionales, celebró estar llegando al duodécimo año de construir uno de los foros más importantes de la ilustración, un espacio que se ha consolidado «como un motor creativo y un territorio donde todo puede germinar», un idioma que se adapta a todos los entornos: lo digital, lo público, el performance fuera de las páginas.
Acompañado de Isol Misenta, escritora e ilustradora argentina, y Dania Guzmán, jefa de la Coordinación de Diseño de la FIL, durante la inauguración se resaltó la importancia de este tipo de espacios dentro de un evento enfocado en la literatura. «Hasta hace unos 50 años, o menos, al ilustrador no se le consideraba más que un decorador de libros. Pero ahora ya podemos entender cómo es el lenguaje y cómo cada quién crea uno desde un lugar especial», compartió Misenta, quien tiene ya 26 títulos publicados y es una de las autoras que ya ha visitado la Feria en otras ocasiones.
Guzmán, por su parte, resaltó el crecimiento de la presencia de la ilustración en la FIL, no solamente en las actividades que forman parte de FILustra, sino también en otras de sus áreas, como FIL Niños. Este año, aprovechando la presencia de Barcelona como Invitada de Honor, convocó al artista Miguel Bustos para su imagen bajo el concepto de El lenguaje del asombro. «El arte y los libros caminan de la mano para recorrer nuestras vidas», dijo Dania para cerrar su participación.
Al terminar la inauguración oficial comenzó la primera de las actividades: la charla “Conectar talentos: experiencias colaborativas en libros ilustrados”, en la que participaron cuatro autores que compartieron su experiencia profesional con las personas asistentes. Bajo la batuta de Sol Ruiz —que presentará Guillermo del Toro, el niño que pactó con los monstruos—, Rocío Bonilla (ilustradora con más de 70 obras traducidas a más de 30 idiomas), Luciano Lozano (autodidacta que ha sido seleccionado por Barco de Libro y Fundación Cuatrogatos en varias ocasiones) y Vitor Martins (escritor portugués), tocaron diferentes aspectos del trabajo de la dupla literatura e imagen, por ejemplo, cómo se construye el diálogo entre quien escribe y quien ilustra.
Hubo un consenso en la mesa: a pesar de que existen diferentes tipos de colaboración, la mejor de todas es cuando ambos profesionales se eligen porque admiran su trabajo y desean crear algo especial con sus talentos. Sin embargo, también han tenido que construir un equipo a partir de la decisión de una editorial, y así aprender a ceder un poco a las ideas de alguien que utiliza diferentes materiales para la creación de mundos. «Dicen que hacer un libro es un trabajo solitario, pero en realidad es colaborativo», señaló Luciano. «Crear un proyecto a cuatro manos, donde hay espacio para el peloteo, resulta en proyectos más nutridos», en los que se impulsa la comunicación y el crecimiento en todas las direcciones. «Es un lujo trabajar así», concluyó Isol.
¿Qué estrategias se necesitan para crear un equilibrio entre el texto y la ilustración? Esta pregunta detonó respuestas interesantes. Rocío compartió unas palabras de Bernardo Fernández, BEF, que escuchó en una conferencia en el Hay Festival de 2018: «El álbum ilustrado es como un vals, no puede bailarse en solitario, sino por una pareja que se complementa y potencia al otro». Reflexionó que encontrar ese equilibrio es muy complejo, pues la imagen no debería repetir lo que está en las palabras, para mostrarle a su lector algo más sobre sus personajes o la historia.
Y lo mismo pasa con las traducciones de los libros. La ilustración también necesita de un proceso de adaptación a la cultura donde va a incursionar. Además de encontrar cómo transmitir una emoción o una idea sin recurrir a una traslación literal de palabras, como mencionó Vitor. Por su parte, Lozano puso sobre la mesa que existen «matices que corresponden a ciertos lugares», en donde el uso de ciertos colores o temas significan diferente del contexto original de donde surgió.
La conversación se cerró después de una última pregunta: ¿qué han aprendido del trabajo en equipo? Rocío descubrió que trabajar con su mejor amiga no es tan sencillo como parece, y aunque se trata de una colaboración surgida a partir de la admiración mutua, sí costó trabajo encontrar cómo resolver ese dichoso equilibrio entre imagen y palabras. Lozano se dio cuenta de que el trabajo en equipo es catalizador al revisar uno de sus títulos más conocidos: Bea baila. Un día vio una foto en internet de cuatro niñas en clase de ballet e hizo su propia versión en ilustración que compartió en redes sociales, gracias a que se compartió mucho una editora lo contactó para pedirle una historia a partir de esa imagen, y luego surgieron colaboraciones que le enseñaron más sobre la disciplina que detonaron nuevas exploraciones sobre el movimiento. Vitor fue el más neófito en el trabajo en equipo: «Lo estoy aprendiendo apenas», dijo, y añadió, que trabaja en un cómic que está por salir el año próximo, también en colaboración con un amigo suyo. «El proceso de escribir para un ilustrador es riquísimo, es una aventura», remató.
FILustra tendrá diferentes actividades y talleres hasta el 3 de diciembre. El programa se puede consultar en fil.com.mx

