Basilio

Opinión

Rubén Moreira Valdez

En Cesarea de Capadocia, en el seno de una familia cristiana que se distinguía por su formación intelectual y su profunda vida religiosa, nació Basilio, hacia el año 330 de nuestra era. En esos años, en lo que hoy es México, florecía Teotihuacan y faltaban todavía 1,200 años para la llegada de los peninsulares.

En términos de esa plaga que conocemos como la 4T, Basilio era un fifí y bon vivant. El futuro padre de la Iglesia se educó en retórica, filosofía, ciencias y literatura. Para ello, viajó a Constantinopla y Atenas, donde conoció a otro gigante de la fe: Gregorio Nacianceno. En la familia de Basilio había tanta fe que varios de sus integrantes llegaron a los altares: su madre, Emilia; sus hermanos Gregorio de Nisa, Macrina, Naucracio, Teosebia y Pedro de Sebaste, e incluso su abuela paterna, Macrina la Mayor. A su padre se le conoce como Basilio el Viejo y me supongo que, por ser abogado, se privó del pase directo al cielo.

Al término de sus estudios, regresó a Capadocia para dedicarse a la enseñanza y alborotar a la cristiandad. Hacia el año 357, junto con Eustacio de Sebaste, un convencido del ascetismo, conoció las comunidades monásticas de Egipto, Siria, Mesopotamia y Palestina. Comprendió la importancia de la oración, el trabajo, la convivencia fraterna y la disciplina personal.

A su regreso, decidió organizar una comunidad monástica en las propiedades familiares de Annesi, en la región del Ponto. Allí desarrolló una forma de vida religiosa que combinaba la oración con el estudio de las Escrituras y el trabajo cotidiano, y que concedía especial importancia a la vida comunitaria. Emprendió la redacción de dos reglas que, a decir de los expertos, le valieron el título de legislador del monaquismo griego.

En el año 362 se ordenó sacerdote y, unos años después, fue elegido obispo de Cesarea, una de las sedes eclesiásticas más importantes de Asia Menor. En aquel tiempo, el cristianismo había dejado de ser perseguido y la Iglesia enfrentaba, en su interior, grandes controversias teológicas.

Como obispo, se convirtió en uno de los principales defensores de las conclusiones del Concilio de Nicea, que sostenían que el Padre y el Hijo compartían la misma naturaleza divina. Se opuso así a las posiciones arrianas, que subordinaban al Hijo respecto del Padre.

Por cierto, una de sus obras más importantes es Sobre el Espíritu Santo. En ella defiende la divinidad del Paráclito. Se trata de un texto fundamental para el desarrollo de la doctrina trinitaria, que alcanzó mayor precisión en el Concilio de Constantinopla. Su trabajo lo convirtió en un campeón de la ortodoxia e incluso lo distanció de su amigo Eustacio, quien no reconocía la divinidad del Espíritu Santo.

Basilio tuvo una profunda y activa preocupación por los pobres, los enfermos, los huérfanos y las personas que carecían de protección social. Era consciente de que la fe debía manifestarse en acciones concretas de justicia, solidaridad y misericordia. Para ello, creó un complejo de instituciones caritativas conocido como la Basiliada. Este incluía espacios de atención a los enfermos, alojamiento para personas necesitadas y servicios de ayuda a los pobres. Su obra constituye un temprano ejemplo de organización institucional destinada a ejercer la caridad cristiana.

Entre sus obras destacan Contra Eunomio, donde refuta las posiciones contrarias a la doctrina nicena; Homilías sobre el Hexamerón, sermones acerca de los relatos de la creación contenidos en los primeros capítulos del Génesis; las Reglas monásticas, destinadas a organizar las comunidades religiosas, y sus homilías y cartas, en las que aborda temas pastorales y doctrinales, conflictos eclesiásticos y obligaciones morales.

Basilio, junto con Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa, transformó la teología cristiana. Conocidos como los padres capadocios o de la Iglesia oriental, compartieron la convicción de que la fe de su Iglesia podía expresarse mediante categorías filosóficas rigurosas y profundizaron en el estudio de la Trinidad.

Basilio murió el 1 de enero del año 379. La Iglesia católica lo reconoce como doctor de la Iglesia y, en las Iglesias ortodoxas, ocupa un lugar central entre los grandes santos. Su figura permite comprender una etapa fundamental en la historia del cristianismo: el momento en el que la Iglesia consolidó buena parte de su lenguaje doctrinal, organizó sus instituciones y desarrolló nuevas formas de vida comunitaria y asistencia social.

Eran tiempos muy distintos de aquellos en los que vivieron los primeros cristianos. Pensar y hacer teología ya estaba permitido. Quedaban atrás los años en que encomendarse al Dios de los judíos y a su Hijo podía llevarte al Coliseo en calidad de bistec.