Rubén Moreira Valdez
López Obrador gustaba decir: «Prohibido prohibir». Una frase de la primavera parisina, bastante padre de repetir en un discurso mamalón, pero difícil de concretar y, sobre todo, de entender en el contexto en el cual se dijo. El tabasqueño es un personaje de frases seductoras o, cuando menos, cachondonas, pero hasta allí, pues se distingue por su autoritarismo y proclividad al mesianismo.
Desde el arribo del nuevo régimen, el espacio de las libertades y los derechos se ha ido cerrando y, en particular, los relacionados con la prensa y la información. De manera sistemática se desmonta lo que costó décadas y sacrificios construir. El partido del gobierno presume de ser una izquierda moderna; sin embargo, si bien le va, parece más la que promovía Stalin o la de Ortega. Dicen que los extremos se tocan y la cerrazón es tal que se antoja cercana a la de Franco o Batista, esos dos expertos en los mejores mecanismos de represión.
El clima para el ejercicio de la prensa no es el mejor y enlisto situaciones que avalan mi dicho: 1. La agresiva posición del gobierno y su partido contra la libertad de expresión. 2. Una creciente violencia física contra periodistas y comunicadores. 3. La actitud represiva de varios de los gobernadores de Morena. 4. El peligro de las bandas criminales y su acción por callar a la prensa. 5. El uso de la legislación para intimidar a los comunicadores y, en su caso, censurarlos.
El régimen que vivimos lo diseñó Obrador y, por ello, hay que tener en cuenta que el tabasqueño es el prototipo del narcisista. Se adora y no deja de pontificar sobre su persona y la imagen que trata de construir. Repite sin cesar los valores que dice representar, al grado de que es inevitable que surja la duda sobre ello. Se presenta como un personaje respetuoso y de amplio criterio; sin embargo, basta recordar la burla sobre el físico de un exfuncionario de Hacienda o el pasado de Xóchitl Gálvez. Y qué decir de su medieval postura frente al género y las preferencias sexuales. El odio le brota con mucha facilidad y la sonrisa burlona es la mejor muestra de ello.
Inició el proceso electoral y Morena se enfrenta a un gran reto. Lo hace en condiciones lastimosas: sus principales personajes se encuentran en medio de escándalos mayúsculos; la economía no crece y eso perjudica el empleo y la recaudación; el gobierno está quebrado y eso lo comprobamos al ver el sistema de salud y los innumerables recortes. Pero los otrora críticos y promotores de la democracia han perdido la vergüenza y, antes de entregar el poder, son capaces de cualquier cosa, como perpetrar fraude, repartir el presupuesto y censurar.
A Obrador le preocupan cuatro cosas; baste ver sus aburridos discursos sobre historia: 1. La oligarquía. 2. El Ejército. 3. Los gringos. 4. La prensa y, en particular, los caricaturistas. Al papá de Andy le gusta recordar las vicisitudes que pasó Madero con estos factores.
El régimen fundado por ese charlatán se encuentra en dificultades y se ha inventado a un enemigo: los «memeros». Con una iniciativa legislativa bastante chafa y con enormes lagunas, se pretende poner una celada a los creadores y, en principio, intimidar y desestimular la crítica.
En estos días estamos discutiendo en las cámaras del Congreso de la Unión los adefesios que componen el paquete de “leyes antimemes”. He propuesto un parlamento abierto que sirva para un debate informado y con garantías. Espero que la mayoría lo acepte y podamos impedir la felonía autoritaria que sale del régimen obradorista.



