- Ante la próxima revisión del T-MEC, el país enfrenta el reto de negociar sin ceder soberanía ni recursos
Litio, petróleo y agua colocan a la nación en una posición decisiva frente al vecino del norte, ante la próxima revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) y el interés de Washington por asegurar bienes naturales, cadenas productivas y ventajas comerciales en América Latina.
Ángel Horacio Meza Romero, alumno del doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), ubicó los tres bienes como piezas clave para entender la presión en la relación bilateral con el mayor socio comercial.
El litio conserva valor por su vínculo con la transición energética y la industria de baterías, aunque su extracción en nuestro territorio conlleva retos técnicos mientras que, el petróleo mantiene peso para la seguridad energética y el control de flujos globales, y el agua dulce adquiere rango de recurso crítico ante el estrés hídrico en varias regiones.
Desde esa lectura, la revisión del T-MEC constituye un asunto que va más allá de lo mercantil, forma parte de una tensión geopolítica mayor por poder económico, soberanía, insumos estratégicos y capacidad de negociación en un mundo marcado por la rivalidad entre Estados Unidos y China.
El maestro en Relaciones Internacionales de la Unidad Xochimilco sostuvo que Washington busca replantear acuerdos para obtener mejores condiciones de ingreso, inversión y acceso a sectores clave.
Esta estrategia, ligada al segundo mandato de Donald Trump, apunta a sustituir esquemas multilaterales por pactos bilaterales con margen de presión sobre México y Canadá.
Ese giro permitirá a la nación del norte negociar país por país, con acuerdos asimétricos y beneficios específicos para sus empresas. El Estado mexicano tendrá que acercar posiciones con Canadá y acudir a la mesa como bloque, con una defensa común de sus intereses económicos.
El especialista en Geopolítica advirtió que el interés estadounidense por el petróleo venezolano, los minerales críticos y las rutas de energía responde a una pugna con China. El objetivo se extiende al dominio de los insumos que definen la industria, la tecnología y el poder global.
Latinoamérica aparece como zona de pugna. Para Washington, el hemisferio occidental conserva valor estratégico; para China, la región ofrece mercados, materias primas y alianzas financieras. Brasil, por su relación con los BRICS y el comercio con Pekín, muestra que el margen de hegemonía estadounidense no es absoluto.
En el caso mexicano, la cercanía geográfica con Estados Unidos puede ser ventaja o riesgo. El nearshoring abre oportunidades para atraer inversión, fortalecer cadenas industriales, desarrollar centros de datos, tecnología e inteligencia artificial. El resultado dependerá de la capacidad del país para fijar reglas, exigir reinversión y proteger sus bienes nacionales.
La presión ocurre tanto en la mesa de negocios como en el discurso público, los argumentos que asocian al país con migración, narcotráfico, violencia o falta de gobierno crean una imagen de amenaza y sirven para legitimar medidas de regulación económica o de seguridad.
La defensa de la soberanía no recae de forma exclusiva en el Estado. Para Meza Romero, las universidades públicas, los medios universitarios, la sociedad civil y los sectores productivos deben abrir espacios de análisis, contraste y discusión. “Cuestionar esas narrativas permite disputar la imagen de México ante la opinión pública nacional e internacional”.
Se requiere unidad, coordinación entre actores económicos y una política que evite la dependencia de un solo socio. Para ello, es necesario construir una estrategia de largo plazo en comercio, economía, riquezas naturales y seguridad que anteponga el bienestar nacional.


