- Especialistas destacaron que las desigualdades contractuales afectan el ambiente de trabajo y las actividades
- El diálogo llamó a garantizar recintos accesibles, libre de riesgos y de discriminación
Las circunstancias laborales del personal, el servicio a los públicos y las prácticas normalizadas en los espacios culturales fueron los ejes del conversatorio Museos y cuidados: pensar los museos desde la ética del cuidado, organizado por el Centro Cultural Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
El encuentro reunió a la maestra Alejandra Betancourt Castro, jefa del Área de Servicios Educativos y Mediación del Museo de las Constituciones; la doctora Elena Sánchez Cortina, coordinadora del Acervo Cultural del Colegio de las Vizcaínas; el maestro Jorge Reynoso Pohlenz, director del Museo Nacional de San Carlos; Selma Guisande, artista visual, y la maestra Cynthia Martínez Benavides, titular de la sede, a cargo de la moderación estuvo la maestra Silvana Liceaga Gesualdo, directora de Museologando.
Al inicio de la conversación, Liceaga Gesualdo cuestionó la percepción de los museos como lugares seguros. “Muchas personas asistimos a estas instalaciones pensando que son seguras, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos cómo se construye en realidad esa integridad”.
A partir de esta reflexión, los ponentes examinaron tres aspectos: las relaciones contractuales, el vínculo con las personas visitantes y la revisión de dinámicas que se han normalizado dentro de estos ámbitos.
En entrevista, la moderadora señaló que la ética del cuidado debe aplicarse “en los dos lados de la cancha”. Esto exige revisar las circunstancias en las que trabaja el personal y garantizar entornos accesibles, libres de violencia y sin discriminación para quienes acuden a los recintos. “No basta con decir que cuidamos; hay que ver si en los hechos se cumple”, afirmó.
Uno de los principales temas fue la disparidad del trabajo. Reynoso Pohlenz explicó que en estos lugares coinciden personas sujetas a distintos esquemas de contratación: “Hay personal de base, de confianza, honorarios, estudiantes, voluntariado y todos coinciden en un mismo entorno con circunstancias muy distintas”.
Estas diferencias, indicó, generan tensiones dentro de los equipos y repercuten en las funciones que brindan a los asistentes.
Sánchez Cortina agregó que labores esenciales como la limpieza, la vigilancia y la conservación requieren capacitación constante, aunque pocas veces obtienen el reconocimiento que merecen.
La conversación también abordó la hospitalidad como un hábito indispensable. Los especialistas coincidieron en que la experiencia museística no depende solo de las obras y los acervos, sino también del trato. Una sala puede ofrecer una colección relevante, pero una interacción hostil afecta la visita.
Otro punto fue la dificultad para denunciar situaciones de abuso o maltrato. “No tenemos el poder de la denuncia o no pasa nada cuando se hace”, expresó Liceaga Gesualdo. La falta de respuesta institucional, añadió, fomenta el silencio y permite la continuidad de algunas conductas.
Los participantes señalaron que la protección constituye una obligación compartida, aunque las instituciones desempeñan un papel central. “Si alguien llega a tu casa, tú eres responsable de cómo lo recibes”, ejemplificó la directora de Museologando.
Liceaga Gesualdo sostuvo que los espacios culturales deben prestar mayor atención a la atención que brindan y a los contextos en los que desarrollan sus funciones. La estancia de las personas usuarias, apuntó, también depende de la seguridad, la interacción y las características del entorno.
El diálogo concluyó que el cuidado no es un valor añadido, sino una condición básica para que las sedes expositivas sean lugares de encuentro y no reproduzcan las desigualdades que buscan cuestionar.


