Recuerdan a Saúl Ibargoyen, para quien el idioma fue su religión, y la poesía, su diosa

Amigos, colegas y familia literaria rindieron homenaje al poeta, ensayista y académico Saúl Ibargoyen (Uruguay, 1930-México, 2019), pilar fundamental del panorama literario mexicano, en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. La actividad fue organizada por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), a través de la Coordinación Nacional de Literatura, a un año de la partida del escritor.

Adriana Jacques, Isolda Dosamantes, José Falconi y Refugio Pereida evocaron la memoria del escritor Ibargoyen mediante la lectura de fragmentos de su obra y de anécdotas en torno al autor de La última bandera (1995), además de disertar sobre su amplia ruta literaria.

“En los poemas de Saúl Ibargoyen existe un lenguaje depurado, sin dejar de ser terrenal y a veces escatológico, gráfico y tierno. Al leer sus versos se abre un espacio entre la voz y su espíritu poético. Su religión era el idioma y su diosa la poesía”, comentó la poeta y narradora Adriana Jacques.

De igual manera, habló de la calidez humana que caracterizaba a Ibargoyen y la importancia de su ente literario como uno de los pilares de la llamada “generación de la crisis”, bautizada así por el escritor y crítico uruguayo Ángel Rama. Ibargoyen llegó a México en 1976 debido al régimen cívico-militar que experimentó Uruguay de 1973 a 1985, suceso que alimentó los temas que abordó en su obra.

Saúl Ibargoyen describió a una humanidad imperfecta que debe de descubrir el mundo y lo que le rodea para conocerse a sí misma. Tuvo la necesidad de nombrar y comprender eso que se llama vida. Fue un poeta que buscó la belleza en la ruptura y en lo visceral», afirmó, por su parte, la periodista y poeta Refugio Pereida.

Para la autora es relevante hablar de Ibargoyen como un mentor de diversas generaciones. “En realidad fue un auténtico maestro en toda la extensión de la palabra. Dejó un legado muy importante no sólo para la literatura mexicana y uruguaya, sino también para los países de habla hispana y más allá”, agregó Pereida.

En ese sentido, la poeta y académica Isolda Dosamantes consideró que Saúl Ibargoyen es y será un pilar fundamental de aprendizaje poético. “Tenía muchas facetas: fue editor, investigador, narrador, ensayista y poeta, entre otras. Lo conocí en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) En su cátedra de poesía se entregaba a sus alumnos. Era un mar de conocimientos y experiencias.

“Siempre buscó activar la chispa creativa de sus estudiantes. Saúl tenía el magnetismo necesario para mantenernos completamente interesados. Su labor como académico está reflejada en todos nosotros”, añadió Dosamantes.

Durante su intervención, el poeta y ensayista chiapaneco José Falconi describió a Ibargoyen como uno de los autores mayores de América Latina. “Es un poeta de enorme intensidad y de grandes recursos literarios, lingüísticos y metafóricos. En él siempre está presente esta lucha de nuestras pulsiones básicas: Eros y Thanatos. Su obra alberga una especie de tensión que cumplir; estos temas de cierta manera universales: la vida y la muerte, pero enfrentadas por el hombre cotidiano”.

Saúl Ibargoyen Islas nació en Montevideo, Uruguay, el 26 de marzo de 1930 y falleció en la Ciudad de México el 9 de enero de 2019, donde radicó desde 1976. Poeta, narrador y ensayista, fue director y coordinador del sello y la revista Aquí Poesía; jefe de redacción y subdirector de la revista Plural, en su segunda época; colaborador de El Entrevero, Archipiélago, Tinta Seca, Casa de las Américas y Excélsior, y cofundador de Archipiélago.

Asimismo, se desempeñó como profesor en la Escuela de Escritores de la Sogem y editor de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, publicada por Ediciones Eón y la Universidad de Texas en El Paso. Sus obras literarias, en géneros como poesía, cuento, novela y ensayo, han sido traducidas al inglés, francés, alemán, ruso, bielorruso, portugués, árabe y esloveno.

Es autor de El pájaro en el pantano (1956), El amor (1965), Patria perdida (1979), La sangre interminable (1982), Los dientes del sol (1987), Soñar la muerte (1992), Toda la tierra (2000), La última copa (2006), Volver… volver (2012), Maldita mía (2014) y Porca miseria (2016).

 En 2002 fue distinguido con el Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer por El escriba de pie. También fue merecedor del Premio Nacional de los XXXIV Juegos Flores de San Juan del Río, Querétaro, en 2004, por ¿Palabras? Fue miembro de la Academia de las Letras de Uruguay desde 2008. Forma parte de la antología poética Árbol en llamas (2013).