¿Qué pasa con un fósil de dinosaurio luego que es descubierto?, esta es una de las preguntas que con mayor frecuencia reciben especialistas del Consejo de Paleontología (ConPal) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), quienes aseguran que, contrario a lo que puede pensarse, el hallazgo y la recuperación de un fósil no es el final del trabajo investigativo sino parte del inicio.

En transmisión remota, hermanada con la campaña “Contigo en la Distancia”, de la Secretaría de Cultura, la presidenta del ConPal, Felisa Aguilar Arellano, moderó la ponencia virtual del investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ángel Alejandro Ramírez-Velasco, quien rememoró el descubrimiento, a inicios del presente siglo, del Huehuecanauhtlus tiquichensis.

El “antiguo pato de Tichiqueo” –nomenclatura que parte de los vocablos nahuas: huehue (antiguo) y canauhtli (pato), y que alude también al pueblo de Tichiqueo, el más cercano al sitio del hallazgo– fue localizado en 2007, a partir de una serie de reconocimientos de yacimientos paleontológicos notificados por el investigador de la UNAM, Mouloud Benammi, desde 2003.

En el ciclo de conferencias “Lo que relatan los fósiles”, organizado por el INAH en el marco del Día Internacional del Fósil, y que pueden consultarse en el canal de INAH TV en YouTube, el biólogo expuso que dicho ejemplar se ubicó en un yacimiento de la llamada Barranca de los Bonetes.

Relató que, luego de que investigadores indagaran en seis unidades de excavación, una de estas arrojó la presencia de 56 huesos que, ese año (2007), fueron trasladados al Instituto de Geología y Geofísica de la UNAM.

Luego se efectuó una serie de labores centradas en la limpieza, identificación y datación de dichos restos óseos. Todo, a partir de nuevas preguntas de investigación que se generan en gabinete: “¿Cómo vivía este dinosaurio?, ¿cuál era el medioambiente que lo rodeaba?, o bien, ¿cómo murió?”.

Los exámenes posteriores, dijo Ramírez-Velasco, mostraron que la mayoría de aquellos 56 huesos –parte de la columna vertebral, cintura pélvica y un fragmento del cráneo– pertenecían a un hadrosaurio de seis metros de largo, aproximadamente.

Tras comparar con literatura previa de otros contextos paleontológicos de México y el extranjero, los investigadores hallaron que el ‘dinosaurio michoacano’ era un nuevo género y una nueva especie de hadrosaurio.

Incluso, los fechamientos con paleomagnetismo evidenciaron que la antigüedad de los fósiles era de 84 millones de años, es decir, “al menos, 11 millones de años más antiguos que los huesos de hadrosaurio que se han localizado en Coahuila y en Estados Unidos”.

Ello, abundó el investigador, indicaba que el hadrosaurio michoacano era una especie primitiva que dio lugar a posteriores especies del género como Parasaurolophus, reconocido popularmente por la protuberancia en la parte trasera del cráneo.

“Los hadrosaurios o ‘picos de pato’, llamados así por su hocico alargado en la punta, fueron comunes en lo que hoy es América, Asia e, incluso, África, a finales del periodo Cretácico. Eran herbívoros muy apacibles que gustaban de vivir en manadas”.

Los estudios sobre el Huehuecanauhtlus tiquichensis, los cuales continúan desarrollándose, muestran que este ejemplar sufría de problemas en una de sus vértebras y pudo ver mermada su movilidad, situación que, probablemente, le relegó de su manada y causó su muerte junto a una ladera volcánica que le enterró lentamente, no sin antes que carnívoros aprovechasen su carne, según lo evidencian un par de dientes de terápodos, localizados también en la Cantera 6 de la Barranca de los Bonetes.

Tanto Felisa Aguilar como Alejandro Ramírez-Velasco finalizaron sus participaciones reconociendo la complejidad que existe en cada hallazgo paleontológico, así como el valor que, por ejemplo, tiene para los investigadores el apoyo de los paleoartistas, quienes a partir de los restos óseos y las hipótesis de los académicos, reconstruyen la fisionomía de animales de los cuales solo se ha encontrado un ejemplar hasta el día de hoy, como es el caso del propio ‘dinosaurio michoacano’, cuyos vestigios se resguardan con fines académicos en la Colección Paleontológica del Instituto de Geología de la UNAM.