Música y poesía náhuatl inundan el corazón de la ciudad desde el Museo Nacional de Arte

Cultura

Con su caos cotidiano, la Ciudad de México suele olvidar las raíces de los pueblos originarios que rodean su periferia; sin embargo, en días pasados un grupo de habitantes de Milpa Alta visitó el Museo Nacional de Arte (Munal) para recordar a los capitalinos y visitantes la importancia de preservar su lengua, costumbres y tradiciones que les dan identidad e inclusión en su desarrollo.
El grupo originario de Santa Ana Tlacotenco, de la Alcaldía de Milpa Alta, en el sur de la ciudad, dejó por un momento sus tierras, su ganado, el cielo limpio que aún se tiene en estas zonas, consideradas pulmones verdes de la gran metrópoli, para pisar el asfalto y franquear las puertas del Munal y mostrar su artesanía, su cultura, e incluso pedir ser incluidos en la lucha por la defensa de su lengua materna: el náhuatl.
El Munal les abrió sus puertas para ser partícipes de la exposición Voces de la Tierra. Lenguas indígenas en la cual los visitantes se dieron cuenta de la importancia de sensibilizar al público sobre la preservación de las lenguas originarias.
Durante el recorrido les explicaron la relevancia de los pueblos originarios en la actualidad, así como el impulso que se ha dado a los artistas indígenas con su participación en la exposición.
Hubo un momento emotivo al concluir la caminata, pues al tener frente a ellos el poema del historiador Miguel León-Portilla, Cuando muere una lengua, decidieron leerlo en voz alta, en náhuatl, y aportaron opiniones sobre la traducción de la pieza La danza de Xochitlpitzahuatl, comentando que su traducción correcta es Flor menudita. Encontraron, sin duda, un eslabón que los hizo identificarse con su lengua y sus raíces.
Más tarde, en el auditorio se escuchó la voz de la señora Minerva, dedicada a la herbolaría, así como a dar colorido a la participación de las Tlacualeras, grupo de danza representativa de esa región de la capital. Ahí, expusieron también su arte y oficios, basados en la confección de sus ropajes con el telar de cintura y los bordados hechos a mano en sus blusas, en las que plasman figuras de la flora y fauna de su comunidad; además de mostrar su talento en la elaboración de listones y adornos de chaquira que engalanan sus peinados.
Impulso al trabajo
El trabajo en comunidades como Santa Ana Tlacotenco ha sido apoyado mediante la impartición de talleres, a través de instructores a quienes los habitantes sólo conocen como los maestros Rolando y Piedad. Ahí toman clases de bordado, danza y de lengua náhuatl, dando la batalla para reavivar el sentido de pertenencia a su comunidad, en un entorno avasallado por la modernidad y la influencia de las redes sociales.
Saben que su mayor reto es la difusión de su herencia cultural, la cual es representada no sólo por sus tradiciones, sino por la gastronomía: el mole, los tamales de maíz tierno y los hongos de escobeta, los que sólo consumen durante la época de lluvia, por lo que han aprendido a valorarlo como un legado.
Durante este conversatorio en lengua náhuatl llamó la atención del público una danza ejecutada en un escenario donde las voces de este grupo inundaron son su música y poesía el corazón de la ciudad desde este majestuoso recinto.