“En proporción alarmante han desaparecido en las publicaciones dedicadas a la arquitectura las palabras belleza, inspiración, embrujo, magia, sortilegio, encantamiento, y también las de serenidad, silencio, intimidad y asombro. Todas ellas han encontrado amorosa acogida en mi alma, y si estoy lejos de pretender haberles hecho plena justicia en mi obra, no por eso han dejado de ser mi faro”.
El arquitecto mexicano Luis Barragán, quien este 9 de marzo será recordado en su 117 aniversario de nacimiento, pronunciaba estas palabras al recibir el Premio Pritzker, galardón catalogado como el Premio Nobel de la arquitectura en el mundo, del cual se hiciera acreedor en una ceremonia celebrada el martes 3 de junio de 1980 en Dumbarton Oaks, Washington D.C., Estados Unidos.
Considerado como uno de los arquitectos más relevantes del siglo XX, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) recuerda al tapatío nacido en 1902, Luis Ramiro Barragán Morfín.
Estudió y se graduó como ingeniero civil y arquitecto en 1925. Durante los dos siguientes años viajó por Europa para estudiar y pasear, pero sin estar en academia o institución alguna. En ese tiempo, admiró la belleza de los jardines de las ciudades que visitó, y desde entonces conservó su interés por la arquitectura del paisaje.
De regreso a su país, en 1936 se trasladó a la Ciudad de México. Hasta 1940 ejerció su profesión, año en el que adquirió un amplio terreno donde realizó algunos jardines en los que pudo trabajar libremente, ya que no tenía compromiso con terceras personas, y así procuró desarrollar un ambiente acorde a su gusto personal, con rasgos tanto de la arquitectura popular como de los antiguos conventos de México, con una expresión de la arquitectura contemporánea.
En los siguientes cinco años, dedicó parte de su tiempo a estudios de planificación y a negocios en bienes raíces; adquirió propiedades en la avenida San Jerónimo, donde junto con colegas desarrolló proyectos de planificación y urbanismo, y estableció normas de construcción a fin de crear un ambiente armónico en términos arquitectónicos y evitar destruir la belleza del paisaje.
Entre 1952 y 1955, además de seguir con sus viajes, construyó algunas residencias y atendió sus negocios personales. Comenzó también la reconstrucción del Convento de las Capuchinas en Tlalpan, donde edificó una capilla nueva.
Fue invitado a trabajar en 1957 en el proyecto piloto de Ciudad Satélite, en el Estado de México, para constituir el símbolo de la urbanización, para el cual Barragán, ya con la idea definida de que consistiera en un grupo de elementos verticales de gran proyección publicitaria, invitó al escultor Mathias Goeritz a colaborar en lo que hoy se conoce como las Torres de Satélite.
El mismo año, Barragán promovió un fraccionamiento residencial en Las Arboledas y participó en la creación de otra urbanización, el Club de Golf la Hacienda. En los años sesenta también trabajó en el proyecto de Lomas Verdes, además de intervenir en el Salk Institute de la Jolla, California. En 1974 construyó la Casa Gilardi, la última obra que llegó a terminar íntegramente.
Con el reconocimiento a cuestas, en 1976, el Museo de Arte Moderno de Nueva York montó la primera exposición sobre su obra y publicó el libro-catálogo de Emilio Ambasz, el cual se considera llevó a Luis Barragán al reconocimiento internacional. Ese año recibió en México el Premio Nacional de Ciencias y Artes, y en 1979 proyectó, además, el Faro del Comercio de Monterrey, así como la Casa Bárbara Meyer.
Como consecuencia, un año después, en 1980, fue el primer arquitecto latinoamericano en recibir el Premio Pritzker. En años posteriores se entregó a dos brasileños y un chileno; de ahí en fuera el galardón ha sido para arquitectos de Estados Unidos, Japón, China, Alemania y otros países europeos.
En 1985 se le otorgó el Premio Jalisco y el Museo Tamayo del INBAL le organizó una retrospectiva. En 1987 recibió el Premio Nacional de Arquitectura. Luis Barragán falleció el 22 de noviembre de 1988 en su casa de Tacubaya, en la Ciudad de México, casa que construyó en 1948 y que desde 2004 está catalogada como Patrimonio Mundial por la UNESCO.
En vida, Barragán mantuvo relaciones muy cercanas con intelectuales de la época, con escultores y pintores, con poetas. Hombre de gran inteligencia y sensibilidad exquisita, espiritual y religiosa, siempre fue un apasionado de la belleza y de la naturaleza. Su obra ha sido ejemplar y ha servido de inspiración para arquitectos nacionales y extranjeros, quienes lo han elogiado de manera constante.
“De todas las obras de Barragán, casi todas me conmueven. Sin embargo, la más importante para mí es la Casa-Estudio (…) Cuando la visité y luego salí era inevitable sentirme en un estado de trance. Los recuerdos que tengo de la Casa-Estudio son siempre de serenidad”, dice el arquitecto Javier Senosian, exponente de la llamada arquitectura orgánica.
Alberto Kalach considera por su parte: “Para mí, toda la obra de Barragán es relevante, desde la más funcionalista; en ellas se guardan muchas lecciones. Su propia casa es una verdadera obra maestra, es un lugar en donde todo guarda absoluta armonía y desde el instante en que entras, te transporta a un estado de paz y serenidad”.
Mientras tanto, la arquitecta Tatiana Bilbao escribió: “Barragán fue muchas cosas, pero lo que más me gusta de su obra es aquel momento en que me recuerda que era un ser humano. Esa ventana en su cuarto privado que se abre hacia la propiedad vecina habla de sus deseos, de su amor al jardín, de su pasado, de la nostalgia. Esa ventana me ha obsesionado desde siempre, para mí este elemento habla profundamente del ser humano que Barragán fue”.
Por su parte, Javier Muñoz considera que la obra de Barragán que más le ha influido es su Casa- Estudio, en especial “la azotea, en donde puedes olvidar el hostil contexto y cuya austeridad y sencillez te permiten experimentar la paz y el silencio que él tanto pretendía”.
Derek Dellekamp opina: “La obra que más me ha marcado de Luis Barragán es el Convento de las Capuchinas. La integración de la luz y el espacio en una sola unidad hacen que la experiencia sea profundamente espiritual. El espacio pierde su materia, se vuelve metafísico”.
Y Javier Sordo Madaleno de Haro señala: “Mi obra favorita del maestro Luis Barragán son las Torres de Satélite, principalmente por ser catalizador de la zona e impulsor de una identidad local para la Ciudad Satélite. Esta obra también me permitió la consolidación de uno de nuestros proyectos del siglo pasado (Plaza Satélite), convirtiéndolo en un nuevo hito urbano. Además, le tengo mucha admiración a la colaboración que hizo con Chucho Reyes, gran amigo de mi abuelo, Juan Sordo Madaleno”.