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Los niños jornaleros carecen de sentido de pertenencia y llevan vida de adultos

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Las familias rurales son una especie de migrantes que transitan entre las cosechas sin tener un punto de estancia fijo y esto provoca que los menores de edad no construyan un sentido de pertenencia y salten de escuelas e incluso de albergues, por lo que adquieren un fuerte capacidad de adaptación a nuevas condiciones de vida, pero esto no significa que sean mejores, advierten Adriana García Martínez, doctorante en Sociología por la Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil, y Martha Chávez Torres, profesora del Centro de Estudios de Geografía Humana de El Colegio de Michoacán.

En el ensayo Entre surcos y caminos: una aproximación a la vida de la población infantil jornalera en Yurécuaro, Michoacán, publicado en la revista Espacialidades de la Unidad Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), las investigadoras reúnen su experiencia en una comunidad dedicada a la cosecha de jitomate donde la mano de obra infantil es habitual y las implicaciones de ser niño o niña que trabajan en el campo, incluidos los alcance psicológicos de esta función y el contexto familiar que empuja a los menores a ello.

Al intervenir en el citado municipio, una de las zonas con mayor incidencia laboral de menores, no obstante la prohibición oficial, las docentes tomaron como muestra a 85 pequeños a quienes pidieron realizar un dibujo que expresara su situación y la obra de cada uno fue sometida a una interpretación psicológica.

“En la localidad de estudio se observa a temprana hora del día a niños y niñas esperando y conviviendo en los alrededores de los puntos de contratación junto con sus familiares y después en los campos donde laboran sus padres; primero sujetos con un rebozo sobre las espaldas de sus madres, mientras ellas recorren los surcos para la cosecha; posteriormente, ayudando a cuidar a sus hermanos más pequeños o, si ya pueden, cortando jitomate para contribuir a la economía familiar”, describen las investigadoras.

Por las tardes y al anochecer, los chicos andan por las calles de la zona donde se ubican el albergue y las precarias vecindades en que se alojan durante la temporada de cosecha; estas prácticas, espacios e interacciones se dan entre los lugares de residencia y de trabajo, y van configurando los espacios de vida que definen su cotidianidad.

La Organización Internacional del Trabajo asegura que son pequeños “que llevan prematuramente vida de adulto, laborando muchas horas diarias por un bajo salario y en condiciones perjudiciales para su salud y desarrollo físico y mental, a veces alejados de sus familias y privados con frecuencia de toda oportunidad significativa de educación y formación, susceptible de procurarles un mejor futuro”.

El problema del trabajo infantil, precisa el estudio, es que son terceros los beneficiados por las ganancias generadas y con frecuencia cometen abusos contra los menores, al demandar esfuerzos físicos y responsabilidades no acordes con su edad.

Aunque las investigadoras reconocen que el valor del trabajo en las comunidades indígenas es primordial para la reproducción de las familias y del grupo al que pertenecen, la transmisión de conocimientos entre las generaciones de jornaleros va más allá de la actividad agrícola familiar y comunitaria, pues son saberes necesarios para la reproducción de una actividad económica que, a su vez, les permite acceder al mercado laboral rural.

Si bien la labor infantil es parte de una concepción sociocultural, existen programas de apoyo para erradicar el fenómeno que evidentemente no son suficientes, por ejemplo, la Secretaría de Desarrollo Social puso en marcha el Programa de Atención para Jornaleros Agrícolas, que brinda apoyos económicos, cuida la alimentación, salud, educación y la construcción de albergues o estancias infantiles, pero aún faltan más esfuerzos.