La arquitectura del espacio público considerado patrimonial ha sido destruida por la falta de planificación, diseño y conservación del mobiliario urbano en las alcaldías de la Ciudad de México, afirma el doctor Saúl Alcántara Onofre, investigador de la Unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Esto repercute negativamente en el crisol del intangible termómetro de la calidad de vida de una urbe, como se evidencia en la avenida de Paseo de la Reforma, cuya fisonomía se vulgarizó por la colocación de elementos caóticos, entre ellos tenderetes de lonas blancas.

Eso no hace justicia al desarrollo histórico del lugar, creado por Maximiliano de Habsburgo quien promovió la modernización de la urbe mediante el proyecto de la Calzada de la Emperatriz, al colocar cuatro bulevares ajardinados, acompasados por glorietas que rompían con largas diagonales la traza de la ciudad virreinal y establecían una impronta paisajística innovadora.

Esas acciones fueron reforzadas por el gobierno de Porfirio Díaz que amplió el Paseo, adecuando bancas de cantería eclécticas, de las cuales aún permanecen algunas, en tanto que otras fueron trasladadas a la Alameda Central, así fue establecido un mobiliario urbano íntegro y armónico con el paisaje histórico, cuya geometría corresponde al trazado de la avenida y forma parte de su carácter.

No obstante, a partir de 2004 se perdió ese tipo de proyección arquitectónica y, en cambio, comenzaron a colocarse bloques de concreto a manera de bancas que no son ergonómicas ni artísticas, sino “discrepantes con el entorno paisajístico, además de que el viandante no las usa y son empleadas por los ambulantes para mostrar su mercancía”.

A ello se suma una mala disposición de los postes de semáforos, cámaras de vigilancia y señalamientos viales, configurándose en una acumulación de expresiones confusas, aunado a que los contenedores de basura son de diseño arcaico, tienen poca capacidad y una ubicación fortuita, subraya Alcántara Onofre en el artículo Tendencias y necesidades del mobiliario urbano, Paseo de la Reforma.

También contribuyen a esa desafortunada planeación territorial los módulos de periódicos y de alquiler de bicicletas, al ser discordantes con la perspectiva histórica original de la avenida, ya que “su ubicación responde a una decisión de visibilidad; los anuncios viales son un caos y un estorbo para el caminante, y los bici-estacionamientos se definen por la distancia entre una y otra, pero no se trazan de acuerdo con el entorno o la geometría del Paseo”.

Incluso el sistema de bicicletas Mobike y Grin Scooters genera un ambiente desordenado y gravoso para el paseante, y aunque no es permanente en el lugar se apropia del espacio público, señala el coordinador del Posgrado en Diseño, Planificación y Conservación de Paisajes y Jardines.

Sin embargo, las estaciones del Metrobús correspondientes a la línea 7 son las únicas que han procurado mantener proporciones ordenadas, ya que “no son invasivas; los materiales, sistema constructivo y color son armónicos con el contexto; son funcionales para la espera y abordaje del Metrobús, y la transparencia de su muro limítrofe es un acierto, pero los anuncios luminosos son agresivos para la calidad de las visuales del entorno”.

De la misma manera que se planifica el espacio construido debe planearse el público y, en particular, el mobiliario urbano no debiera ser menospreciado cuando tiene la misma jerarquía que la arquitectura, puesto que destruye el patrimonio de visuales consagradas por la memoria, finaliza.