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La obra artística de Rufino Tamayo, una de las más importantes a nivel mundial, refrenda su valor a 120 años de su nacimiento

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Los colores y las formas de la obra plástica de Rufino Tamayo son reconocidos en todo el mundo. El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) preserva una parte fundamental de su creación, la cual representa el legado de uno de los grandes artistas de todos los tiempos a México.

Rufino del Carmen Arellanes Tamayo nació en la ciudad de Oaxaca, en el número 215 de la segunda calle de Cosijopí, en el Barrio del Carmen Alto, el 25 de agosto de 1899. Sufrió el abandono paterno a corta edad y su madre falleció cuando él apenas contaba con 11 años.

Un total de 1,300 óleos –entre los que se encuentran los 20 retratos que hizo de su esposa Olga–, 452 piezas de gráfica, 358 dibujos, 21 murales, 20 esculturas y un vitral es la obra que produjo, en la que se distinguió del resto de los artistas de su generación por su estilo propio y por no seguir las corrientes de la época.

Investigadores e historiadores de arte coinciden en afirmar que la obra de Tamayo es única y resaltan su participación en la consolidación del México moderno; su manejo del color, sus figuras y técnicas que nadie ha conseguido superar reafirman que fue un hombre que nació para pintar. Su obra se encuentra en colecciones de museos de todo el mundo y sus murales enriquecen lugares como el edificio de la UNESCO en París o el Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México.

Sus primeros estudios formales los realizó en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. En 1921 ingresó al Departamento Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, para el que elaboró dibujos de piezas de arte popular y prehispánicas.

En 1926 presentó su primera exposición individual, que le otorgó gran notoriedad y lo impulsó a exponer en el Art Center de Nueva York. Doce años después, ya casado con Olga Flores Rivas, se trasladó a esa ciudad norteamericana para enseñar en la Dalton School of Art. Permaneció durante 20 años en Estados Unidos.

En aquel país desarrolló su original y reconocible estilo, aunque siempre se mantuvo en contacto con México y sus creadores, como Carlos Chávez, de quien fue gran amigo.

En los años cincuenta viajó a París, donde se integró al movimiento cultural de la posguerra y se relacionó con los pintores más relevantes de Europa, con los que se encontraba a la par en cuanto a técnica.

Color, espacio, tradición, pasión y contenido es como resume la obra de Tamayo la historiadora de arte Nadia Ugalde, integrante del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas del INBAL. Entre sus logros, refiere, destaca el combinar tradición con modernidad y vanguardia europea, al buscar la síntesis de la forma y dar prioridad a la figura y forma. “Jugó con el color y descubrió contrastes como el rosa Tamayo. Su paleta de colores es algo muy característico de él”, detalla.

María Elena Bermúdez Flores es autora del libro Los Tamayo. Un cuadro de familia, en el que narra anécdotas de sus tíos Rufino y Olga, como la antigua relación de Tamayo con María Izquierdo, cuyo nombre estaba prohibido en casa de los Tamayo, así como la exhibición de los cuadros de desnudos que Rufino pintó de María. Esta pieza reapareció en 1995 en el hoy extinto Centro Cultural Arte Contemporáneo en una muestra retrospectiva.

Las opiniones de Tamayo, contrarias a las de David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, también son plasmadas en este volumen. Rivera y Siqueiros “respaldaban a capa y espada la rectoría del gobierno sobre la expresión artística y consideraban que el arte debía ser nacionalista”, mientras que Tamayo recalcaba que “para crear arte es indispensable trabajar dentro de un marco de absoluta libertad: el arte debe ser universal y sus rasgos nacionalistas han de surgir de modo espontáneo”.

También destaca en el libro que, cuando la situación económica mejoró para los Tamayo, comenzaron a otorgar becas y apoyar a instituciones, personas desamparadas y animales: “Se sentían tan agradecidos con la vida que siempre estaban viendo a quién ayudar”.

El volumen, con numerosas anécdotas y fotografías, finaliza con un pensamiento que Rufino Tamayo expresó: “En cierta forma toda mi obra habla de amor. Llegué a la conclusión de que el amor es la mayor razón para vivir. Amor en sentido universal: amor a la naturaleza, a los objetos, al trabajo mismo. Contemplo la tierra y el espacio, observo, pinto y siento que va surgiendo en mí un gran amor”.

En 1981 fue inaugurado el Museo Tamayo, dependiente del INBAL, en la Ciudad de México. El recinto resguarda el importante acervo que atesoró Rufino Tamayo, integrado tanto por piezas de arte contemporáneo de artistas fundamentales, como Pablo Picasso, Wilfredo Lam, Joan Miró o Francis Bacon, como una parte sustancial de su propia obra. Tamayo falleció en la capital de la República el 24 de junio de 1991.