La golfilla (La Drôlesse) o el curioso encuentro de dos almas solitarias

Cultura

François es un joven de 20 años algo idealista que un día secuestra a Madeleine, de 11 años, y la retiene en su desván. Entre la niña y su captor se forjan rápidamente vínculos de complicidad en forma de escudo contra la dureza del mundo. Jacques Doillon, director de La golfilla (La Drôlesse), revive los entresijos del rodaje de esta película presentada a Cannes Classics.

¿En qué punto de su trayectoria llegó esta película?

Después de Una bolsa de canicas (Un Sac de billes), que fue un largometraje por encargo. En aquel momento me sentía condenado al montaje, tras haber trabajado en dos primeras películas. Y me conformaba con ello porque disfrutaba de una gran libertad de adaptación. Después me apeteció volver a algo más personal. Entonces tuve la idea de La golfilla (La Drôlesse).

¿Qué recuerdos guarda del rodaje?

Fue un proceso verdaderamente feliz. En el plató bromeaba con el equipo: «¡Ya veréis, vamos a acabar en Cannes!». En aquel momento nos reíamos, pero ¡al final se hizo realidad! Nos seleccionaron el mismo año que El tambor de hojalata (Die Blechtrommel) y Apocalypse Now, mientras que La golfilla (La Drôlesse) contaba con el equivalente a 4000 euros de presupuesto.

Esta historia está basada en un hecho real…

¡Sí, de un clasicismo inaudito! A medida que lo iba conociendo más profundamente, me daba cuenta de que lo que se escribía en los periódicos sobre la violencia en los secuestros era falso. El incidente se prolongó durante cinco meses sin que el chico violara a la niña. Para mí, no era posible que ella no se hubiera quedado por su propia voluntad. Conseguí entrevistarme con el joven secuestrador en su cárcel en la isla de Ré y confirmó mis sospechas cuando me explicó que ella había tenido numerosas oportunidades de escapar.

En su opinión, ¿se trataba más bien del encuentro entre dos seres solitarios?

Sí, entre dos soledades. Me dediqué a reflexionar sobre cómo podría haber ocurrido realmente y sobre esa idea empecé a escribir. Sabía que estaba divagando mucho más cerca de la realidad de lo que la prensa contaba.

¿Qué es lo que le fascina de la infancia?

Es un mundo increíble de invención y libertad. Grabar a un niño es como a grabar a un pájaro: nunca se sabe cuál será su trayectoria. En la interpretación hay cierta fantasía que puede dar lugar a gracias imprevisibles. El placer de un rodaje reside en tratar de averiguar lo que se oculta en cada escena y, con niños, este placer se duplica.

Sus dos actores son asombrosos.

Hubo quien pensó que Claude Hébert era bastante simplón y no sabía actuar, pero era todo lo contrario: un actor extremadamente sutil e inteligente. Trabajamos mucho su personaje. El pequeño problema del rodaje fue que Madeleine era algo más lenta que él; necesitaba varias tomas.

¿Dónde la descubrió?

Realizamos audiciones a 2000 niños en colegios de tres provincias. Siempre suelo escribir una segunda versión para que el niño seleccionado no tenga que decir nada que le resulte difícil. Curiosamente, no recuerdo haber tenido que hacer correcciones para acercarme a Madeleine.

Encuadró sus rostros con delicadeza.

Me propuse no alejarme de ellos. Además, rodábamos en un granero y en Súper 16, lo que complicaba grabar planos amplios. Encuadrar los rostros de cerca también nos permitió acercar las pértigas y captar correctamente los diálogos, que eran susurrados.