Hágase justicia

Alberto Woolrich Ortíz

Cuando la voz del estado acusa, incrimina, señala, imputa, el silencio del amigo se convierte en cómplice y por ende condena, por esa razón hoy no puedo, ni debo guardar silencio. Debo al empresario extranjero Florian Tudor, un recuerdo encendido por haber tenido el privilegio de haber gozado en el ayer de su amistad y confianza profesional, lo cual significa para quien escribe éstas líneas, no sólo el deleite de haber en su momento catado el exquisito trato de un hombre preocupado y dedicado a crear empleos a fin de favorecer a los más necesitados, sino incluso la experiencia de muy largos diálogos, en los que con el pensar de su educada y basta inteligencia, intentaba el acercamiento de la cultura europea con la cultura nacional.

Tuve el gusto de conocer al Sr. Tudor en el “sabroso Cancún”, como él lo identificaba, gracias a su invitación expresa a fin de tratar asuntos de carácter profesional derivados de una incorrecta praxis medica que dañó de por vida a su querido hijo Florían Tudor García, mismo que fue procreado con su fina compañera sentimental Doña Sandra García Islas, por quienes guardo la más alta de mis estimas y comparto la tragedia por la que viven y vivirán a raíz de ello. El señor Tudor solicitó mis servicios profesionales tendientes a buscar justicia y la reparación del daño causado por aquella incorrecta práctica que lesionó de por vida el cerebro de su adorado hijo.

Florián Tudor era en aquél momento, un notable empresario dedicado a crear fuentes de trabajo para beneficio del Estado de Quintana Roo, por tanto un personaje en la vida social de dicho Estado Libre y Soberano.

La más alta y reconocida sociedad, tanto de Quintana Roo, como de ésta Ciudad Capital y ello me consta, lo recibían de inmediato, apenas Tudor buscaba el encuentro. Florián en su inquietud de estar al día con los problemas sociales, políticos y jurídicos frecuentaba a todo tipo de personajes y con ellos convivía, la mayoría lo visitaba en su domicilio y oficinas ubicadas en las Calles de Robalo, en Cancún, precisamente ahí enfrente de las oficinas de otro dilecto amigo, el Sr. Lic. Don Benjamín Ovalle Caravantes, con el que formé una sociedad profesional a fin de tratar de llevar a los calabozos, donde debería haber estado, la hermana de aquél Presidente de la República de la época del neoliberalismo, que despojó de sus bienes, sociedades, empresas y acciones a otro reconocido empresario extranjero, durante aquellos infaustos días en que fue asesinado Luis Donaldo Colosio.

Así mismo, cuando el empresario en cita, por motivos de trabajo y lo cuál era muy frecuente, visitaba la Ciudad de México, nuestros encuentros eran acompañados por aromáticas tazas de café y las conversaciones versaban siempre, bajo los tópicos de justicia, política internacional, literatura universal y latinoamericana, siempre me solicitaba de manera muy gentil que lo auxiliara en el tema de su menor hijo y aquella demanda civil, que quedó truncada por otra desgracia, ahora de justicia y corrupción en la esfera de procuración de justicia, que le afectó y afecta hasta la fecha en la integridad de su persona.

Algunos amigos, que lo trataron antes de yo conocerlo, me platicaban de su enorme talento empresarial, siempre dispuesto a tender la mano al necesitado, a crear fuentes de ingreso, buscando la creación de proyectos para atraer al turismo europeo y engrandecer con ello la economía de “mi Cancún” como él también lo refería.

Yo personalmente no creo que sea un delincuente, un mafioso, un indecente. Don Florián Tudor, a mi juicio, estaba alejado de todo ello y su único delito, en su caso, lo es el gusto por las mujeres latinoamericanas. Florián es y así lo estimo y lo expreso, un empresario siempre en busca de favorecer a los pobres y necesitados y jamás vi o percibí aristas de delincuencia en él. Le encantaba nuestra música vernácula, la clásica, la literatura, las noticias, la búsqueda de inversión etc.

Recuerdo ahora y le agradezco siempre, deferencias singulares. Un día le hablé para invitarlo a cenar en ésta Ciudad de México, para que personalmente conociera a Benjamín Ovalle, ya que eran vecinos, a lo cuál accedió, con la súplica de que esa reunión, como fue, se celebrara en Cancún, reunión la cuál se concretó y verificó en su domicilio de las

Calles de Robalo.

Podría pasarme horas y horas relatando mis vivencias con Tudor.

Como se bien que ello no es el objetivo de este emotivo recuerdo, sólo quisiera sostener y reiterar que es el empresario ahora tocado por lides de injusticia que merecen aclararse, para que con ello se sepa la verdad.

Lic. Alberto Woolrich Ortíz.

Presidente de la Academia de Derecho

Penal del Colegio de Abogados de México, A.C..