Principal Cultura Gustavo Dudamel y la Orquesta Filarmónica de Viena conquistaron el Auditorio Nacional

Gustavo Dudamel y la Orquesta Filarmónica de Viena conquistaron el Auditorio Nacional

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Ayer domingo 4 de marzo, luego de sus exitosas presentaciones en el Palacio de Bellas Artes, un apasionado y desinhibido Gustavo Dudamel subió al escenario del Auditorio Nacional para dirigir el último concierto de su gira por nuestro país. La epifanía fue instantánea.
Su entrega fue tal que, al frente de la ya mítica y legendaria Orquesta Filarmónica de Viena, los miles de asistentes que llenaron el inmueble le brindaron las más grandes ovaciones.
Dos obras encendieron el milagro: el Adagio de la Sinfonía núm. 10 de Gustav Mahler y la Sinfonía fantástica op. 14 de Héctor Berlioz.
Ambas obras tan diferentes entre sí se convirtieron, en las manos del director de orquesta venezolano, en una bendición, en un suave murmullo de espiritualidad en un mundo rodeado por el caos.
A diferencia del concierto infantil que dirigió al mediodía de ayer en el Palacio de Bellas Artes, en el que iba vestido de manera informal, Dudamel, un poco más serio, dio rienda suelta a la razón por la cual es considerado uno de los mejores de su generación.
En apenas 25 minutos de duración, el Adagio de la Sinfonía núm. 10 de Mahler logra transmitir un mensaje de tranquilidad y tiene su propio toque distintivo, pero la Sinfonía fantástica de Berlioz es una obra que forma parte del repertorio de las más grandes orquestas del mundo, como es el caso de la Filarmónica de Viena, cuyas interpretaciones doman al más fuerte.
A veces uno no sabe si acudió al concierto para ver a Dudamel o a la orquesta. Lo mejor de todo fue disfrutar la fusión de ambos.
Luego de los cuatro primeros movimientos de rigor, Sueño de una noche de brujas, que forma parte de la Sinfonía fantástica, es un cúmulo de sensaciones extrañas, que en la versión de Dudamel pone un acento muy especial. Al término, los aplausos no dejaron de sonar.
Como muestra de gratitud al público, Gustavo Dudamel, al frente de la Orquesta Filarmónica de Viena, ofreció dos encores, y la gente pedía más porque sabe que dos horas no bastan para permanecer en el paraíso.