Entrevista con Robin Campillo, miembro del jurado de los largometrajes

Cultura

Seducido por la idea de estar aislado del mundo durante la duración del Festival y de ver las películas junto a otros profesionales que admira, Robin Campillo, miembro del jurado de los largometrajes presidido por Alejandro G. Iñárritu, también desea posar una mirada virgen sobre la Competición. El director francés recuerda el éxito de 120 Battements par minute (120 pulsaciones por minuto), Grand Prix en 2017 y obra de ficción sobre los años del Act Up. Entre sus obsesiones como director figuran los actores, los decorados y la música. Entrevista.

¿Cuál fue su reacción ante el entusiasmo que provocó en el Festival 120 Battements par minute (120 pulsaciones por minuto)?
Para ser sincero, hice todo lo posible para que la película estuviera en Competición. No tanto para recibir un premio sino sobre todo porque es sabido que, para una película como esta, es una oportunidad de ser vista extremadamente importante. Después, cuando llegué aquí, no viví bien el hecho de estar expuesto hasta tal punto. Eso me perturbó, aunque debo reconocer que la proyección fue uno de los recuerdos más hermosos de mi vida. Pero es una sensación abrumadora: tengo la sensación de que todo estaba muy alto, el cansancio del trabajo, la emoción de la gente, mi alegría después, etc. Fue realmente muy extraño.

¿Cómo elige a sus actores, es necesario que abracen las causas que usted defiende?
A partir del momento en que encuentro el actor idóneo, estaría dispuesto a asesinar para que sea él. Sobre todo, tienen necesidad de ser encarnados, de encarnar a los personajes. Para mí, esta encarnación es LA cuestión. Desde Eastern boys (2013), mi película anterior, dos cosas me obsesionan: los actores y las localizaciones. Así que dedico un tiempo infinito buscando localizaciones y haciendo castings. Por ejemplo, en el caso de Antoine Reinartz, un actor que considero inconmensurable (interpreta al presidente de la asociación en 120 Battements par minute), percibí que ya tenía un aire de militante. Tenía esa forma de hablar que ya no necesitaba inventar. Había escrito diálogos inverosímiles y él los recitaba como si respirara.

Nahuel Pérez Biscayart (César al mejor actor revelación por 120 Battements par minute [120 pulsaciones por minuto]) es argentino pero, aunque habla francés perfectamente, me di cuenta de que exageraba un poquito cuando hacía ese rol de militante, era un poco teatral. Pero, a fin de cuentas, eran un poco así en aquella época, en estas reuniones y, detrás de la teatralidad, estaba el dolor. Esa brecha, era el único capaz de encarnarla.

Arnaud Valois también es un actor muy importante para mí. Tiene una forma de interpretar muy directa, a diferencia de Nahuel, que es un actor barroco. Es muy constante en su forma de actuar, muy interiorizado, y era muy importante contar con un actor como él para interpretar a un recién llegado a la asociación, que tiene una especie de sinceridad. Arnaud muestra una atención a los demás en la vida que es exactamente lo que buscaba para el personaje de Nathan. Una amabilidad que esconde, y eso es lo que me encantaba, una especie de desesperación.

«Necesito que los actores encarnen los personajes. Para mí, esta encarnación es LA cuestión».

Dice que también confiere una enorme importancia a los decorados, a las localizaciones de los rodajes.
Así es. La localización de rodaje es como un organismo, un cuerpo alrededor de los cuerpos. No hay ventanas, no hay puertas que estén situadas en un lugar sin motivo.
120 Battements par minute (120 pulsaciones por minuto), por ejemplo, habla de personas que están dentro de una habitación, de un anfiteatro, que sueñan cosas, y vemos qué sueñan. Vamos a derramar sangre. Y vemos la escena. Así que es como un cerebro. Y las acciones son como fantasmas, imágenes que nacen de ese cerebro. Quería un anfiteatro porque me gustaba la idea del enfrentamiento entre las personas de arriba que resisten y los de abajo que tienen el poder. Encontré el lugar pero había ventanas. Así que hice instalar paneles acústicos para esconderlas. De repente, me siento en la misma onda que el lugar, tengo los actores idóneos y lo que esperaba podrá funcionar sin demasiada puesta en escena. Tener las localizaciones idóneas es una excitación para el director. Tengo la impresión de que he pintado, sin manipular demasiado las cosas, una especie de cuadro que me encanta.

¿Y qué hay de la música?

Soy montador y trabajo mucho con los sonidos, también en el montaje. Monto la música al mismo tiempo que los demás sonidos. La monto de forma fraccionada, es decir, en varias pistas, para poder aislar un violín, etc. Para poder remezclar con los demás sonidos de la película. Es muy importante para mí. Tengo un vínculo muy fuerte con la música que no soy capaz de explicar y hago componer las piezas a Arnaud Rebotini muy pronto. En él, he encontrado a un hermano de música y de cine, sus harmonías me emocionan, su enfoque un poco confuso de la melodía me interesa mucho y me encanta su lado centelleante. En algunos momentos, necesito ese barroco. Es verdad que me gusta mucho alternar escenas muy líricas con escenas muy secas.