Principal Cultura Entrevista con Robert Guédiguian, miembro del jurado de los largometrajes

Entrevista con Robert Guédiguian, miembro del jurado de los largometrajes

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Fue un día de mayo de 1980. Cannes presenció el desembarco de un marsellés de 26 años con su primera película, Dernier été (Último verano). Robert Guédiguian hablaba de su ciudad, sus astilleros, el pastis y los estibadores. Consagración. A continuación no dejó de dar la palabra a todos aquellos que no pueden tomarla y de emocionar a la Croisette, desde Marius et Jeannette (Marius y Jeannette, 1997) hasta Neiges du Kilimandjaro (Las nieves del Kilimanjaro, 2011), pasando por Marie-Jo et ses deux amours (Marie-Jo y sus dos amores, 2002). Entrevista con «el más marsellés de los armenios».
¿Qué tal ha ido el viaje desde París?
He venido en avión. Quería coger el tren pero ya no había plazas. Prefiero el tren de alta velocidad, así puedo trabajar…
Ahora el sector ferroviario es noticia. Los ferroviarios están en huelga y usted no se ha mostrado indiferente…
La respaldo con pasión. Hemos lanzado iniciativas con amigos, en concreto un fondo común para apoyar a los huelguistas, hemos recaudado un millón de euros.
Los huelguistas, los obreros, la «gente humilde», son los héroes de sus ficciones. ¿De dónde viene eso?
En la mayoría de mis películas, he intentado convertirles en héroes, convertir personajes populares en héroes novelescos, héroes trágicos, también héroes de comedia.
Cada vez, mi intención es dar la palabra a aquellos que no la tienen. Mi padre trabajaba en los muelles, mi madre era empleada del hogar y yo hablo por ellos.
Ellos no tenían armas para hablar pero me las han dado. Me pagaron los estudios, hicieron esfuerzos para lograrlo y me siento muy responsable por ello.
Y es a menudo en Marsella, su ciudad, donde transcurre la acción. ¿Es más fácil jugar en casa?
La gran fuerza del cine es la relación entre lo local y lo universal, entre lo particular y lo general. Las cosas universales solo existen cuando están ancladas en lo real. Aquí, en Competición, veo historias que transcurren en Polonia, Rusia, Egipto, en todas partes, y estas películas me hablan. Son muy locales en la forma pero el fondo es universal. Creo en ese anclaje. Todos mis guiones transcurren en Marsella pero podría rodarlos en cualquier otro lugar sin cambiar una línea.
¿Es también una cuestión de honestidad en el gesto cinematográfico?
Sí, uno sabe de lo que habla, existe también una historia de legitimidad. Hacer una película es robar. Cuando ruedo, robo algo.
Siempre he pensado que hacía falta una legitimidad para rodar, una autorización moral. Desde ese punto de vista, en Marsella, estoy tranquilo. Estoy en mi casa, Marsella me pertenece.
Existe también el tema de Armenia. ¿Ha descubierto finalmente este país, del cual es originario su padre, a través de las películas que le ha dedicado?
Un poco, sí. Los armenios me han adoptado, readoptado, iniciado en todo esto. Soy alemán por parte de mi madre. Armenio por parte de mi padre y, ante todo, internacionalista. Es gracias al cine que me preocupé por Armenia. La primera vez que vine a Cannes, en 1981 a la Quincena de Realizadores, con Último verano, la prensa fue muy acogedora. Tenía un tío anciano, Théodore, y me llamó. Se puso a llorar. Me dijo: «He visto que estabas en Cannes, he leído un artículo en Le Provençal, estoy feliz pero sobre todo estoy feliz de que no te hayas cambiado el apellido». Algunos lo han hecho pero nunca me plantee hacerlo. Me dijo: «Cada vez que veo un apellido armenio en el periódico, sé que hemos sobrevivido».
¿Cómo fue la primera vez?
Fue muy emotivo. Justo lo recordé el otro día, viendo la proyección de una obra novel, me fijé en el tipo, muy joven, muy emocionado… Me proyecté. Me sorprendió estar aquí con 26 años, la primera vez, la película se vendió en varios países extranjeros, todo fue muy bien.
Después volvió siete veces. ¿Qué representa el Festival para usted?
Cannes, es importante, todas las secciones. Es un trampolín enorme. El Festival es una fiesta. Es el Festival del cine de autor, concebido como un objeto de cultura importante. La imagen no necesita traducción.
¿Qué cine le habla?
Todos, aunque tengamos tendencia a catalogar. Hago películas para darles la palabra a mis padres pero eso no quiere decir que solo me gusten los cineastas que hacen lo mismo que yo. En ese sentido, estoy con mi amigo Denis Villeneuve, somos próximos, me encantó Blade Runner 2049. También me gustan las historias de amor, las comedias musicales, el cine estadounidense, aunque me parece demasiado imperialista, los diarios íntimos, los poemas cinematográficos…
¿Qué criterio utilizará para valorar las películas en Competición?
Hay un artículo ridículo en una publicación estadounidense que nos hizo reír a todos según el cual era un hecho que Ava DuVernay iba a votar por Spike Lee, que tal miembro del jurado feminista votaría por Eva Husson, etc… Espero que suceda exactamente lo contrario. Entregaremos los premios a las películas que más nos gusten. Estamos obligados a pensar que tenemos premios que dar.
Hace cincuenta años, Cannes no logró escapar a los eventos de mayo del 68. ¿Dónde estaba usted entonces?
Tenía 14 años. El primer día de huelga, en el instituto, fui uno de los primeros en unirme. Lo hicimos por instinto, no sabíamos por qué. Fue como si el instinto se convirtiera en conciencia. Me embarqué en el movimiento por completo y a partir del siguiente curso, nos ocupamos del sindicato en el instituto, montamos un círculo de juventud comunista… Desde entonces, nunca he dejado de militar, aunque dejé de hacer política en 1980.
¿Hacer cine es hacer política?
Yo creo que sí. En mi caso, hago cine por ese motivo, en el fondo, para intervenir en la vida pública. Es mi motivación principal.