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Encuentro con Cate Blanchett, presidenta del jurado de Largometrajes

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La actriz australiana doblemente oscarizada Cate Blanchett preside el jurado de Largometrajes de esta 71.ª edición del festival. Artista prodigio de gran carisma, modelo de elegancia e inteligencia, la intérprete ha evolucionado en la gran pantalla a través de varios papeles muy distintos. La actriz acompañó a Alejandro Iñárritu por Babel en 2006, apareció dos años más tarde en la clausura del Festival de Cannes de 2008 con Harrison Ford por Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal y en 2015, acudió junto a Todd Haynes por Carol, papel que le valió el Premio a la mejor interpretación femenina. Entrevista.

Como presidenta del jurado de Largometrajes en esta edición del Festival de Cannes, ¿qué representa para usted este rol? ¿Qué tipo de presidenta es usted?

Para mí, asumir esta responsabilidad es todo un privilegio, no solo por tener la gran suerte de descubrir una gran variedad de películas con enfoques diversos, sino también por el diálogo que surge con los miembros del jurado. El único miembro que conocía en persona era Léa Seydoux, aunque de manera superficial. En general, son sinceros y están muy comprometidos con sus responsabilidades, que se toman muy en serio al ser conscientes de la importancia del festival para los directores. ¡Esto, sin embargo, no impide que nos divirtamos mucho! El certamen ha sido muy revelador, pues te invita a llevar un cierto ritmo.

Como miembro del jurado, Léa Seydoux dijo que sentía que usted cuidaba de ellos…

¿En serio? ¡Qué halagador! Tiempo atrás, Bob Dylan dijo: «Tómate el trabajo en serio, pero no a ti mismo». Al principio del festival les dije: «No estamos juzgando un crimen, sino que somos el jurado de un festival de cine. Debemos mostrar un actitud respetuosa, jovial y llena de curiosidad». Intentamos respetar cada director, su cultura, sexo o edad, y prestar una máxima atención a cada obra. Es como si se tratara de una inmensa sala de ensayo frente a la cual es necesario querer comprender lo que cada artista quiere transmitir.

Quedan solo tres días para anunciar el Palmarés. ¿Han hecho ya alguna elección?

Khadja (Khadja Nin, miembro del jurado) dijo desde el principio: «No olvidemos que no estamos aquí para juzgar, sino para elegir». El problema viene cuando nos vemos obligados a comparar películas de orígenes tan diversos. El arte conlleva este tipo de situaciones: nos empezamos a encontrar en una situación delicada en la que nadie quiere dominar al resto, como acostumbra a ocurrir dentro de un grupo, pero en la que tenemos que empezar a hablar de los detalles específicos de cada obra y dejar de lado las apreciaciones de carácter general.

En un momento, les dije a los demás: «Hay algunas películas que tardan más en calar en nosotros y en provocarnos una reacción, mientras que hay otras a las que respondemos de manera apasionada e inmediata, pero cuyo pronto resplandor se desvanece rápidamente». Eso no significa que no tengan su mérito, sino que nuestro objetivo es detectar aquellas cintas capaces de mantener viva una llama duradera en nuestro ser más profundo.

El lado interesante de los códigos y el reglamento del festival, que creo que la gente ignora, es que si una película gana la Palme d’or o el Grand Prix no puede recibir ningún otro premio más en Cannes. De este modo, si una película te ha gustado mucho o consideras a un director realmente interesante, y decides otorgar este premio, no puedes volver a premiar dicha obra bajo ninguna otra categoría. En mi opinión, el reglamento parte de la base de que no hay película que destaque en todo. Son películas, no partidos de fútbol. Cada obra tiene sus puntos fuertes y por ellos, merece estar en Competición. En ese sentido, las cintas ya han obtenido un premio: el de estar en la Selección.

No estamos juzgando un crimen, sino que somos el jurado de un festival de cine. Debemos mostrar una actitud respetuosa, jovial y llena de curiosidad.

¿Qué recuerda de su primera vez en Cannes? ¿Qué sintió cuando subió las escaleras para ver La tormenta de hielo de Ang Lee en 1997?

La primera vez no podía creer que estuviera allí. Vine a Cannes para apoyar la distribución de la película de un amigo en el Marché du film. ¡Lo único que hice fue subir las escaleras del Palais! La pantalla del Grand Théâtre Lumière me pareció extraordinaria; creo que es una sala de cine fantástica. Recuerdo decirle a Pierre Lescure que el festival tenía el don de transmitir toda la majestuosidad del evento, de crear una atmósfera especial alrededor de cada película.

¿Cuáles son sus mejores recuerdos del festival?

Cada edición es capaz de generar un ambiente distinto, pero esta es sin duda la experiencia más extraordinaria que he vivido en Cannes. Tengo el privilegio de ver las cintas, de estar en el corazón mismo del festival. A menudo, cuando se viene a presentar una obra, la visita a Cannes está marcada por la inquietud y da la sensación de estar metido dentro de una burbuja. Aunque el papel de presidenta implique un gran compromiso, es maravilloso poder tomarse las cosas con más tranquilidad y poder ver el trabajo de otros. Las películas muestran culturas muy distintas, pero a menudo abordan temas similares, lo que desde un punto de vista antropológico resulta muy interesante. Nuestro trabajo consiste de alguna manera en señalar las diferencias, aunque como artista, me interesa ver los puntos que todas las obras tienen en común, ya sean de naturaleza temática, visual o de cualquier otro género. Otra cosa que valoro mucho es la audacia de los cineastas, que a veces se arriesgan mucho. Este tipo de hazañas son para mí una importante fuente de inspiración.

Usted es famosa por esforzarse mucho en sus interpretaciones, que a menudo necesitan una larga preparación. ¿Qué papel le ha llevado más tiempo preparar?

En mi opinión, a los espectadores les da igual saber hasta qué punto me esfuerzo en mi trabajo. En Estados Unidos hay una cierta tendencia a extenderse mucho sobre este tema. Lo que a mí me interesa es el resultado de mi trabajo en la pantalla, no necesito saber más.

Dicho esto, ha habido momentos más complicados que otros, como por ejemplo, cuando trabajé en la representación teatral de La gaviota de Chéjov. En ese momento, acababa de enamorarme de mi marido y estaba loca de alegría. El papel que tenía que interpretar en la obra era profundamente sombrío; se trataba de una personalidad lúgubre y desgraciada de una manera profundamente existencial. Esto me llevó a preguntarme cómo llegaría a interpretar la escena final de la obra. Y finalmente, el personaje fue cobrando vida.

Y por encima de todo, no hay que olvidar que soy madre de cuatro hijos. Desde el punto de vista artístico, es lo mejor que me ha pasado nunca, porque al preparar un personaje, tengo que ser sumamente eficiente. A mis hijos no les interesa saber si me tengo que esforzar mucho o no en el trabajo o si estoy trabajando en una escena muy difícil, con una gran carga emocional, moral, etc. Cuando tengo que dedicarme a algo, lo hago y ya está.