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El universo de la prehistoria en un grano de polen, taller para todo público en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo

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A lado de los gigantescos huesos de mamut, los microscópicos granos de polen de tan solo 10 a 140 micras, encapsulan el entorno de un mundo extinto, por eso en cada descubrimiento de un yacimiento fósil, además de los llamativos restos óseos es necesario colectar los sedimentos de las diferentes capas de la tierra (los llamados estratos), que a través de la lente de un potente microscopio arrojan luz sobre ecosistemas imposibles al alcance de nuestros ojos.

En México hay un complejo mosaico de evidencias fósiles en mundos diminutos; este año, el Consejo de Paleontología del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) por primera vez en su historia ha diseñado diferentes actividades de divulgación para conocerlo. Con ellas, pretende ampliar el conocimiento de la gente sobre las instituciones, especialidades y líneas de trabajo involucradas con la paleontología, una disciplina que incluye muchas ciencias.

Así lo explica Felisa Aguilar Arellano, presidenta del Consejo de Paleontología, al dar inicio el taller “Las historias que nos cuentan los granos de polen”, en el que se revelan secretos conservados en el “estuche” de la información genética masculina de las plantas con semilla (fanerógamas) y cómo, a través de ellos, se pueden reconstruir paleoambientes (ambiental y climática de antiguos periodos geológicos) o contextos arqueológicos.

A Olivier, de 11 años y estudiante de primaria, le encanta la biología, sabe las partes de una flor y cómo se reproducen las plantas que tienen semilla y dan frutos. Pero no imaginaba que a través del polen se pueden saber cosas del pasado que nunca miraremos, como: qué comía el mamut.

El taller es gratuito, en él se ofrece una breve plática sobre las características de los granos de polen y cómo ese conocimiento sirve a la paleontología y a la arqueología hacer descubrimientos. A través de juegos, dibujos y la observación microscópica se enseñan los secretos de diferentes especies de plantas desde la ventana abierta de su polen. La actividad se lleva a cabo los sábados en el Salón Julio César Olivé del Museo Nacional de las Culturas del Mundo (calle Moneda N° 13, Centro Histórico). Las sesiones son el 23 de marzo y 20 y 27 de abril, de las 13:00 a las 14:30 horas. Cupo limitado a 25 participantes, informes: 5542 0187, 0165 o 0422.

Se han registrado granos de polen que datan desde el Triásico Superior (más de 200 millones de años), es decir que se pueden conservar por millones de años, dice la arqueóloga Irán Rivera González, responsable del Laboratorio de Palinología de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), quien imparte el taller.

Los granos de polen antiguos se consideran fósiles porque han perdido su contenido vivo: las células que guardan la información genética dentro de esta suerte de “estuche”, explica la especialista. Pero aún en el “estuche” quedan muchos datos para observar y estudiar: tamaño, ornamentación, textura, color, brillo, hidratación, todas ellas características físicas de estos compartimentos biológicos.

A partir de esos datos es como se determinan familias e incluso especies de plantas que existieron en un sitio, agrega. Los participantes en el taller ven en una hoja bond, una tabla con los dibujos que reproducen algunos granos: el de pino, de forma similar a una oreja, en contraste a la redondez del de calabaza que parece tener puntas en su contorno y es uno de los más grandes del mundo vegetal.

La presencia de ciertas familias o especies dan información no sólo de cuestiones ambientales, sino de los recursos a los que tenían acceso la fauna o las sociedades del pasado, y la relación cultural con ellas: procesos de domesticación de plantas, el origen de la agricultura, prácticas rituales que amplían la información del contexto arqueológico, detalla la tallerista.

“El grano de polen, en conjunto con los fósiles de plantas y animales, nos pueden dar una interpretación del ambiente en un momento determinado, pero por sus características de conservación son de los elementos vegetales más importantes para estudiar el pasado, pues su capa protectora es tan fuerte que soporta, sin desintegrarse, el ‘baño’ de ácido sulfúrico con anhídrido acético al que se somete para poder analizarse”, explica Rivera González.

El ácido sulfúrico destruye la mayor cantidad de materia orgánica alrededor del grano de polen, pero deja intacto a éste y visible al microscopio; así se preparan en laminillas de cristal que se observan a través de la lente, explica la arqueóloga y advierte que el estudio al microscopio es el proceso más pesado porque hay que observar durante mucho tiempo. Luego, lo que se observa, se compara con los ejemplares de colecciones de referencia.

Para identificar un paleoambiente son necesarios, como mínimo, entre 500 y 600 granos de polen por lámina. A veces no se alcanza esa cantidad, aunque sea un suelo antiguo, porque fenómenos, como la erosión, no permitieron su conservación; las zonas lacustres los conservan mejor. Mientras los granos más jóvenes presentan contenidos celulares visibles al microscopio que lucen como manchas, están frescos, amarillos y completos; los antiguos se han estropeado, perdieron su hidratación y no se ven brillantes.

El polen cae de las plantas quedando esparcido en el ambiente hasta que toca el suelo, donde se va a desintegrar o a conservar por miles o millones de años, cubierto por las capas que se van formando en la tierra, esperando a ser descubierto para contar la historia de mundos antiguos que nunca miraremos.