EL PASO DEL CHAPULÍN

Sergio Ricardo Hernández Mancilla *

En 20 años hemos aprendido que con López Obrador los puntos no se suman sólo dando buenos resultados sino mostrando lealtad sin fronteras al personaje y al proyecto.Como en lo años de oro del priísmo , quien aspiraba a crecer junto a AMLO tenía que hacerlo bajo sus términos y condiciones. Era eso o morir (políticamente) en el intento.

Sin embargo, al estar al frente del enorme aparato que representa el gobierno federal,

tener el control absoluto de las pretensiones personales se vuelve mucho más difícil. Hay muchos recursos, muchos intereses y muchas aspiraciones en juego. La estructura se presta con mayor facilidad para que los jugadores empiecen a definir su propio camino de crecimiento público.

Como buen partido hegemónico, es natural que en Morena existan varios tipos de expresiones y comportamientos políticos. Hoy hay tantos personajes bajo la sombra estatal obradorista que es fácil encontrar diferentes actitudes en sus filas.

Encontramos, por ejemplo, algunos “rebeldes” como Ricardo Monreal, que ha demostrado su largo colmillo para estirar la liga lo necesario como para posicionar su agenda, pero no tanto para llegar a romper con el líder y el movimiento que le asegurarán 6 o 12 años más de vida política nacional de primer nivel.

O Porfirio Muñoz Ledo que, asumo, está mas enfocado en consolidar un legado de demócrata que en buscar el beneplácito del presidente.

Están también los moderados, como Alejandro Encinas, quien a pesar se su conocida e histórica cercanía a López Obrador, ha mantenido un perfil más bien bajo en lo público y fuerte en lo político en su desempeño como de subsecretario (encargado del despacho de facto) de la Secretaría de Gobernación, o como Román Meyer que, encabezando una súper secretaría con una estructura, recursos y programas que muchos desearían, pareciera estar más enfocado en sacar bien la chamba que en convertirse en un protagonista recurrente de los medios y redes morenistas.

Pero están también “los desatados” que son, si no la mayoría, sí los mas visibles.

Y en esa extensa lista quizá se encuentre a Irma Eréndira Sandoval en los primeros lugares.

En una actitud que pareciera más bien la de un novato que no sabe lidiar con el poder, la secretaria de la Función Pública se ha enfocado mucho más en promover la agenda política del presidente que en demostrar, en los hechos, resultados en materia de combate a la corrupción, promoción de la fiscalización y rendición de cuentas públicas.

Sandoval le ha apostado más al discurso ideológico y de contraste que a las pruebas y resultados de honestidad, eficacia y profesionalización de la función pública.

En su no tan indiscreta aspiración por ser la primera presidenta de México, no necesariamente es errática al buscar a toda costa la aprobación del presidente y de la base dura de Morena, pero sí lo es al desechar un mensaje incluyente que logre permear en la gran mayoría de la población que votó por un cambio profundo contra la corrupción.

La primera gran prueba de la secretaria fueron las 23 casas de Manuel Bartlett; reto sumamente complejo cuando la línea desde arriba –como se presume—era proteger al acusado, a pesar de ser uno de los símbolos de corrupción y política añeja más emblemáticos de la historia reciente. Aunque tenía poco margen de maniobra, falló en una de las cuestiones más básicas: las formas.

En este caso le quedó con anillo al dedo –para mal—la famosa frase atribuida a Jesús Reyes Heroles: La forma es fondo.

Con los recientes señalamientos sobre sus propiedades, compró la idea de que un buen discurso es más que suficiente para desmentir una acusación llena de pruebas sospechosas.

Se le hizo más fácil desacreditar al emisario que esforzarse en construir una historia, si no creíble, por lo menos confusa.

Le pareció innecesario y optó por la soberbia y la descalificación y se dejó seducir por la muestra de músculo y la ejecución del nado sincronizado de solidaridad dirigido desde palacio nacional.

Autonombrada “la incorruptible”, defiende su trabajo desde la superioridad moral presuntamente heredada por el líder y no por resultados propios.

Lo que no ha notado la secretaria es que ese tipo de actitudes le hacen mucho daño al movimiento que la tiene despachando en el último piso de un edificio en Insurgentes.

No ha entendido que los eslabones más débiles del obradorismo son ellos: sus funcionarias, sus legisladores, sus promotores que predican la palabra del líder sin tener un cuarto de la credibilidad y autoridad popular de quien los puso ahí.

Lejos de ayudar, están abriendo grietas que con el tiempo pueden convertirse en fallas estructurales imposibles de reparar.

Ganarse ese privilegio le costó a López Obrador 40 años en la actividad política, seis elecciones, ser dirigente de un partido nacional y propietario de otro, la perseverancia en el mensaje y la constancia en la lucha opositora por décadas, las incontables giras por todos los

municipios del país y el contacto directo con millones de personas que ningún otro actor político ha tenido.

La soberbia, el discurso casi incuestionable, la superioridad moral y la actitud altiva son concesiones que, para bien o para mal, se ganan con el tiempo y la constancia, no con la arrogancia conquistada en menos de 20 meses al frente del despacho.

“El Chicharito” Hernández hizo nueve goles con el Real Madrid y está abismalmente lejos de ser considerado un ídolo por la afición merengue. Hace falta mucho más que una buena temporada para ganarse tremendo privilegio.

El paso del chapulín.

Muy bien por la pronta presencia del presidente en redes sociales ante el sismo del martes en la mañana.

A pesar de que en realidad no dijo mucho y fueron más bien un par de minutos viéndolo hablar por teléfono, la presencia fue oportuna y pertinente.

Es importante para la ciudadanía saber que el gobierno está al tanto y atendiendo la crisis.

El primer video justificaba la inmediatez y la improvisación; era fundamental mostrar que el Estado estaba ahí, atento y presente.

El segundo ya no tanto.

Del tercero ni hablar.

(*) Politólogo y consultor político. Socio de El Instituto, Comunicación Estratégica. Desde hace 10 años ha asesorado a gobiernos, partidos y candidatos en américa latina.

Twitter: @SergioRicardoHM