Para su segunda aparición en Competición, el cineasta japonés prosigue con un sutil examen de las construcciones afectivas en este film introspectivo de una gran exuberancia visual. Una cuestión domina Drive My Car, en competición por la Palme d’or: ¿qué hace que perdure el amor?

Tras recibir el aplauso de la crítica en 2008 por Passion, un drama romántico en el que (ya) exploraba la versatilidad del amor, Ryusuke Hamaguchi se ha impuesto como uno de los autores virtuosos más destacados de la nueva generación de directores japoneses.

Su cine delicado y melancólico se distingue por una sutil mezcla de realismo e imaginación que confiere aires de fábula a sus narraciones. Destaca además por una sofisticación formal siempre al servicio de una dulce contemplación de las emociones, cuyas oscilaciones impregnan sus crónicas de la sociedad japonesa.

Las consecuencias de los giros narrativos son sin excepción de naturaleza sentimental en el cine de Ryusuke Hamaguchi, también autor de Happy Hour (Happî awâ , 2015) y Wheel of Fortune and Fantasy (La ruleta de la fortuna y la fantasía, 2021), dos retratos sentimentales de mujeres cuyos destinos se entrecruzan. Al director le gusta inspeccionar la pureza imposible de las relaciones humanas, como en los melodramas de Douglas Sirk o John Cassavetes, de quienes asume la influencia.

Para su quinta obra, Ryusuke Hamaguchi vuelve con otro de los principales motivos de su filmografía: la pérdida.

Drive My Car narra la historia de Yusuke (Hidetoshi Nashijima), un director de teatro que sufre por la misteriosa fuga de su mujer, una dramaturga con la que mantenía una historia de amor perfecta. En Hiroshima, donde acepta montar una pieza de Antón Chéjov, conoce a Misaki (Tôko Miura), una mujer de treinta años reservada a quien le han asignado como chófer y a quien revela sus estados de ánimo.

Drive my car, adaptación de una novela de Haruki Murakami aparecida en 2014, es un viaje profundo que va envolviendo al espectador a través de las confesiones nocturnas de los dos protagonistas en una sublime identidad visual. Como en Asako I & II (Netemo sametemo, 2018), Ryusuke Hamaguchi examina el torbellino emocional de un protagonista enfrentado a la huella que el amor ha dejado en él a través del tiempo.

Artículo anteriorThe Innocents, la mirada de Eskil Vogt
Artículo siguienteMéxico supera 70 millones de dosis de vacunas recibidas contra COVID-19