Este martes 24 de noviembre se cumplen 63 años de la partida del pintor Diego Rivera, una de las figuras del arte mexicano más importantes a lo largo de la historia, cuya obra se encuentra no sólo en museos, sino en los muros de múltiples edificios públicos, muchos de éstos relacionados con la salud.

Por ello, en El Colegio Nacional decidieron recomendar en línea el 23 de noviembre una conferencia que se realizó el 26 de noviembre de 2007, con motivo del 50 aniversario de la muerte de Rivera y que estuvo a cargo de dos miembros de la institución, como Jesús Kumate y Ruy Pérez Tamayo.

“Como miembro fundador de El Colegio Nacional, hasta su muerte fue un participante muy activo; de hecho, las sesiones en las que él participó se cuentan como legendarias por la asistencia y el interés del público. Era todo un éxito para El Colegio cuando se anunciaba que el maestro Rivera haría una presentación”, recordó en aquel momento el doctor Kumate (1924-2018).

En esa oportunidad, dos de los médicos de El Colegio Nacional pensaron que sería importante, con motivo del 50 aniversario de su muerte, recordar algunos aspectos de la vida del maestro en relación a la medicina, que fue “muy cercana, extensa y prolífica.”

“Los niños no han sido un tema favorito de los pintores en todos los tiempos, no son muy frecuentes. Lo que llama la atención del maestro Rivera es que fue de los que más niños ha dibujado, desde el útero hasta la adolescencia: en cuadros, dibujos, estampas y grabados, realmente fue prolífico. Para los médicos de niños llama la atención la riqueza: no sólo se nota que quería a los niños, sino que tenía una sensibilidad muy especial para verlos.”

Desde la Capilla de Chapingo, hasta el Instituto Nacional de Cardiología. El doctor Jesús Kumate hizo un amplio recorrido por algunas imágenes de niños y niñas que fueron recreados por Diego Rivera, lo mismo con algunos problemas de salud, que a su paso por la escuela; la mayoría de ellas con rasgos indígenas; algunas veces, con él mismo representado.

“Como artista plástico, fue un pintor que, además de todo lo que hizo, de todos los temas, siempre muy congruente con su postura ideológica, para los mexicanos es un motivo de orgullo no sólo por el amor a los niños, sino por la delicadeza con que los supo pintar, la maestría con que lo expresó.”

El espíritu de la medicina

Ruy Pérez Tamayo, miembro de El Colegio Nacional, se encontró pocas veces con Diego Rivera. La primera de éstas en sus años de estudiante, cuando ingresó a la Escuela de Medicina, situada a una cuadra de la institución; un tiempo en el que las conferencias se anunciaban a través de carteles pegados en las paredes de las calles, igual que las corridas de toros.

“En alguna ocasión varios compañeros y yo salimos a caminar por las calles del Centro histórico de la Ciudad de México, cuando nos tropezamos con un cartel que anunciaba una conferencia de Rivera sobre pintores impresionistas: nos metimos en aquel auditorio largo, estrecho y oscuro del viejo Colegio Nacional. La conferencia estuvo muy divertida, porque Rivera habló mucho más de los compañeros comunistas que de los pintores impresionistas.”

El segundo encuentro ocurrió en circunstancias diferentes, cuando en enero de 1946, Pérez Tamayo ingresó al Instituto Nacional de Cardiología para iniciar su preparación en la especialidad de patología. Allí, se encontró con dos grandes frescos de Diego Rivera, encargados por Ignacio Chávez, “para lograr que el pasado estuviese presente siempre, con su principio de humildad, a la vez que de aliento, se pensó en lo hermoso que sería pintar en grandes frescos, la historia de las doctrinas cardiológicas.”

“Se pensó en la pintura al fresco, porque sólo ella tiene la potencia expresiva que requieren los grandes mensajes y porque ella ha tenido en México la más noble de las tradiciones, muchas veces secular”, según palabras del propio doctor Chávez, rememoró Ruy Pérez Tamayo.

Pero no sólo fue una invitación y ya, contribuyó mucho más en la imaginación y el trabajo pictórico de Diego Rivera, porque no sólo lo instruyó sobre los personajes y las épocas que debía representar, sino también en el espíritu que debían tener los grandes frescos, con tal fuerza y tal visión que “casi vemos al artista moviendo la mano y seleccionando no sólo el diseño, sino los colores más adecuados.”

Luego de recuperar varias citas de Ignacio Chávez, escritas a principios de los años 40 del siglo pasado, mientras Europa se encontraba sumida en la Segunda Guerra Mundial, siendo una pregunta que se planteó el colegiado sobre hasta qué punto le habrá hecho caso Diego Rivera, “tomando en cuenta el carácter independiente, de enorme autonomía intelectual y celo sobre su creatividad personal.”

“Cualquiera hubiera anticipado un choque de titanes. Por fortuna ocurrió todo lo contrario: Rivera no sólo se ajustó a las instrucciones del maestro Chávez, sino que siguió fielmente sus indicaciones, absorbió su espíritu e intentó representarlo en sus frescos, pero como era una artista genial, no sólo lo logró, sino lo superó, agregando sus propios toques personales maestros.”

En las palabras de ambos médicos se planteó una arista muy diferente a partir de la manera en que Diego Rivera interpretó una parte de la historia de la medicina, “imágenes que me gustaban muchísimo por su belleza plástica, por la maestría con que están tratados los diferentes grupos históricos: con la maestría sobria y paralela, subrayando la universalidad de la cultura humana, de las representaciones de la medicina china, griega, americana y mesoamericana, que sirven de base a los dos grandes frescos.”

La conferencia que recupera las miradas de Jesús Kumate y Ruy Pérez Tamayo sobre la relación pictórica de Diego Rivera con la medicina, Aniversario luctuoso de Diego Rivera (1886-1957), se encuentra disponible en el Canal de YouTube: elcolegionacionalmx.