El racismo es un lastre que trasciende siglos y no discrimina bandera política, lo mismo gobiernos neoliberales que populistas, exacerban las prácticas de exclusión por parte de distintos sectores sociales. Unos cuantos ejemplos de su vigencia son las “rencillas” desatadas por el protagonismo de una indígena mixteca, Yalitza Aparicio, la oscarizada Roma; o la aparición de un video electoral protagonizado por la ministra de justicia israelí Ayelet Shaked, donde presenta con glamour las bondades de un supuesto perfume: “Fascism”.

Para abonar a la discusión de esta problemática, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) organizó el Seminario “Antropología e historia de los racismos, las discriminaciones y las desigualdades”, a través de la Dirección de Etnología y Antropología Social (DEAS), en vinculación con la Red INTEGRA (Red de Investigación Interdisciplinaria sobre Identidades, Racismo y Xenofobia en América Latina).

La conferencia inaugural del ciclo 2019, efectuada este 19 de marzo en la Coordinación Nacional de Antropología, estuvo a cargo de Citlali Quecha Reyna. La doctora en Antropología hizo un recuento del camino andado por la disciplina sobre la conceptualización del racismo y la deconstrucción de sus aristas, bajo el título: Reflexiones y retos metodológicos en torno al estudio del racismo.

La investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM lanzó varios cuestionamientos a propósito de la aseveración de su colega Alonso García, autor de La construcción sociocultural del racismo, en cuya opinión “llevar al ostracismo el término raza no parece fácil”, pues aunque biológicamente la raza no existe, muchos seguirán empleando el término de forma arbitraria, sea por “hábito, ignorancia o porque responde a su ideología o privilegios. Su destierro requiere de una verdadera revolución ideológica. La sociedad humana que creo las razas, es la única que puede suprimirla”.

Citlali Quecha apuntó que en virtud del consenso existente en los estudios contemporáneos de que el racismo es un dispositivo que emerge en contextos de desigualdad, cabe interrogarse si sólo éste (el racismo) explica esta condición. Asimismo, bajo esta lógica el color de piel y las características físicas de la gente vuelven a la escena de la toma de decisiones de las políticas públicas; sin embargo, “debemos cuestionarnos si esto abona o no, a una reificación (objetivación del sujeto) de las prácticas decimonónicas”, cuestionó la experta.

Ya algunos autores indicaban que la aparición del “nuevo racismo” obedecía a la devaluación de los derechos civiles y la reducción de los programas sociales críticos durante la administración de Ronald Reagan en los 80, lo que fomentó el resentimiento contra la acción afirmativa y la polarización racial. Una causa más profunda aún, y que explica el ambiente social que prevalece en Estados Unidos, es el deterioro en las perspectivas económicas de la mayoría blanca, citó la integrante de la Red INTEGRA.

Citlali Quecha apuntó si vale extrapolar el binarismo “White-no white” del país vecino, ya no a la realidad latinoamericana, sino en la mexicana: ¿Construimos diálogos sur-norte a través de las historicidades propias?, ¿cómo lo estamos haciendo?, ¿cuestionar las exportaciones de modelos analíticos, generan o no generan diálogo, o los rechazamos?, reflexionó.

A este respecto, rescató los planteamientos del antropólogo Eduardo Menéndez, para quien una de las características del racismo es su persistencia en el tiempo. En América Latina, desde la conquista europea hasta la actualidad se mantienen los estigmas respecto de la población amerindia, afroamericanos, “inmigrantes”, judíos o gitanos. Dichos estereotipos persisten porque todavía cumplen funciones hegemonía/subalternidad y de dominación/explotación.

Una segunda característica es la colaboración de diferentes actores sociales en el desarrollo, mantenimiento y uso de los racismos. Una tercera refiere a los distintos usos del racismo que pueden operar desde lo político, lo cultural, lo económico, e incluso de la producción científica, particularmente de la ciencia médica.

Otra más es no sólo la negación de nuestros propios racismos, sino a la tendencia de pensar que el racismo siempre está en los otros, es decir, el racismo como tabú. La quinta característica es lo que Menéndez denomina “racismos pasivos”, que refiere a la no intervención cuando observamos ciertos actos racistas, pese a no estar de acuerdo con los mismo.

El estudioso comenta que la mayoría de los racismos forman parte de nuestras vidas cotidianas, no constituyen hechos excepcionales, sino que convivimos con ellos y forman parte de nuestra rutina. Los racismos, “debemos observarlos en los comportamientos y discursos de los sectores hegemónicos, así como también de los subalternos”.

La doctora Citlali Quecha rescató a otros autores como la antropóloga mexicana Alicia Castellanos, para quien el racismo es un conjunto específico de juicios y relaciones con el otro, vinculados al proceso identitario y al poder; por lo que deben reconocerse las identidades étnicas, regionales y nacionales en conflicto, sus bases culturales y su instrumentación en momento y contextos específicos del encuentro.

Las sesiones mensuales del Seminario “Antropología e historia de los racismos, las discriminaciones y las desigualdades” continuarán en abril en la Coordinación Nacional de Antropología del INAH (Av. San Jerónimo 880, col. San Jerónimo Lídice, alcaldía Magdalena Contreras). Entrada libre, cupo limitado, y por transmisiones en vivo: www.youtube.com/user/antropologiacnan.