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Una manera distinta de leer...

A Vida Invisível de Eurídice Gusmão (The Invisible Life of Eurídice Gusmão), la mirada de Karim Aïnouz

A Vida Invisível de Eurídice Gusmão (The Invisible Life of Eurídice Gusmão), el séptimo largometraje del brasileño Karim Aïnouz, se ha seleccionado en Un Certain Regard, diecisiete años después de la aclamada Madame Satã. Río, década de 1940: el combate feminista de las hermanas Gusmão es un sentido homenaje a las mujeres invisibles de una generación.

¿De dónde surge la inspiración de esta película?
Perdí a mi madre en 2015. Tenía 85 años. Era una madre soltera y no fue fácil para ella. Me daba la impresión de que su historia, al igual que la de tantas mujeres de su generación, no se había contado como merecía – en cierta medida, ellas eran invisibles. En esa época, mi productor, Rodrigo Teixeira, me mostró el guión de “A Vida Invisível de Eurídice Gusmão” (The Invisible Life of Eurídice Gusmão). Me sentí muy cercano a la historia inmediatamente. Los personajes del libro me recordaron a mi madre y a su hermana, así como a muchas mujeres de mi familia. Es como volver a mi primera película, que era sobre mi abuela y sus cuatro hermanas. Sentí que había llegado el momento de hablar nuevamente de ellas, ya no a través de un documental, sino de un melodrama tropical.

 

¿Qué puede decirnos sobre los actores?
Trabajé con un grupo de actores maravillosos. Las dos heroínas, Julia Stockler y Carol Duarte, eran jóvenes y estaban llenas de energía y dispuestas a correr riesgos. También tuve el privilegio de trabajar con Fernanda Montenegro, sin duda alguna la mejor actriz brasileña de todos los tiempos. Además de ser un sueño hecho realidad, fue una experiencia inolvidable. Y también un desafío. Fernanda tiene 90 años, pero tiene más energía que una joven de 18 años. Me encantó trabajar con ella.

 

¿Qué le impulsó a convertirse en cineasta?
Crecí en la época de la dictadura militar en Brasil y quería hacer algo concreto para ganarme la vida y sobrevivir en ese contexto de opresión política. El cine no era una opción. Me gradué de arquitecto y trabajé como urbanista. Simultáneamente, hacía películas experimentales, cortometrajes, ensayos cinematográficos, pequeños documentales. Y finalmente, hice una película sobre mi abuela materna, que, al parecer, conmovió a la gente. De repente, esa obra tuvo un impacto y entonces encontré mi lugar. También recuerdo que vi un cortometraje de Todd Haynes llamado Superstar. Lo vi en 1988 en Nueva York, en un cineclub llamado Millenium. Todo el corto se había hecho con muñecas Barbie y con imágenes de archivo. Era brillante, sexy y barato. Esa película fue crucial para mí. Era extraordinariamente tosca, artesanal y potente.

 

¿Cuál es su opinión sobre el cine de su país?
Hace unos quince años, es decir desde el primer mandato de Lula, la industria cinematográfica brasileña comenzó a experimentar cambios profundos. Se desarrolló como no lo había hecho nunca. Y tuve la suerte de formar parte de ese renacimiento. Pero ahora, todo eso parece pertenecer al pasado. Estamos pasando por un momento crítico, por no decir trágico, de la historia de esta industria. Por una extraña coincidencia, el día que nuestra película y la de Kleber Mendonça Filho fueron invitadas a Cannes a la Selección oficial, todas las actividades de la Agencia Nacional del Cine (ANCINE) fueron brutalmente interrumpidas. Además, por primera vez, desde hacía veinte años, dos películas brasileñas eran invitadas a participar en un festival de primera categoría y el hecho no era evocado por ningún medio de comunicación oficial.

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